La dama en el agua (primera parte)

Publicado originalmente en Kinephilos.

Hace unos días escribí que salir de la sala de cine y tener que llevar una película a cuestas es lo mejor que me puede pasar. Como el Universo tiene su dosis de humor negro, dos días después mi espalda se doblaba bajo el peso de La Dama en el Agua, la más reciente película de M. Night Shyamalan. Por encima es un sencillo cuento de hadas sobre ninfas acuáticas pérdidas en un mundo extraño. Por debajo es una historia que nos pregunta para qué en lugar de por qué. En ella no tiene mayor importancia por qué la ninfa Story (interpretada por Bryce Dallas Howard) vive en una piscina y roba objetos olvidados, por qué Cleveland Heep vive solo y triste (Paul Giamatti en un papel cercano al de Sideways) ni por qué quienes viven allí parecen seres estáticos y olvidados. Tampoco importa por qué todos son tan crédulos o por qué su mundo es tan cerrado. Las razones que los mueven y el origen de su viaje son secundarios. Es el destino, el propósito de cada uno, el papel que desempeñan en la historia de sus vidas compartidas lo que importa.

I. Dibujos en la pared

El énfasis sobre el propósito está dado desde el comienzo. La película empieza con una animación. Dibujos blancos sobre fondo negro, de pocas líneas y estilo rupestre, que se mueven al compás de la música compuesta por James Newton Howard mientras una narración va explicando la antigua relación entre las ninfas y los seres humanos. Ellas nos cuidaban, nos enseñaban y nos mostraban el futuro. Nosotros aprendíamos, crecíamos y nos alejábamos de ellas. Se rompe la comunicación y desde entonces intentan reestablecerla. Para hacerlo se alejan de su mundo azul, adentrándose en la tierra verde donde son vulnerables. Así, de entrada, la animación nos informa que es la historia del paraíso perdido, la historia de la redención y los sacrificios que son necesarios para obtenerla. El mensaje inicial es simple: las ninfas deben salvarnos y se arriesgarán por eso.

Entonces el contraste del blanco con el negro, que parece anunciar tanto la lucha del Bien contra el Mal como la simplicidad de la historia, da paso a ese pequeño mundo que es colorido y luminoso incluso de noche. Cleveland Heep es el encargado de un complejo residencial con cuatro zonas bien diferenciadas: el edificio blanco e impersonal, en forma de U, que cierra parte del cuadrado donde transcurre la historia; el césped y el bosque que cierran el resto; la casa de Cleveland, más personal, enclavada en la zona verde; y la piscina en el centro. La llegada de un nuevo inquilino sirve de excusa para un recorrido por el edificio y la presentación oficial de sus habitantes. Vemos al padre latino con cinco hijas, al padre negro aficionado a los crucigramas con su hijo amante del cereal, al solitario blanco que permanece sentado frente a su televisor viendo noticias sobre la guerra, al grupo de amigos que fuman y hablan y fuman y beben y hablan y fuman, a la madre coreana con su hija universitaria, al escritor hindú sin inspiración que vive con su hermana, a la buena anciana que ama los que animales y al físico-culturista de pasillo que sólo ejercita su lado derecho. Al igual que Cleveland, el recién llegado vivirá solo. En todo el grupo no hay una familia clásica. Todos parecen ser solteros, separados o viudos. Lo más cercano a un matrimonio es la pareja de hermanos. Todos, sin excepción, parecen tener algún vínculo roto o nunca formado.

Con cada uno en su sitio, aparece la ninfa rescatando a Cleveland y pensando que es el indicado para recibir su mensaje. Aquí la revelación de Story también es la revelación de la historia completa porque, si bien sigue siendo un cuento de hadas, empieza a ser también una crítica y una parábola. El guión maneja entonces tres narraciones paralelas que se refuerzan y complementan gracias a los símbolos que están siempre ante nuestros ojos. En este sentido el director, además de transparente, juega limpio. Quienes se acerquen a la película esperando sus sorpresas de antaño, tendrán una sola: desde el principio nos dijo todo. El resto de la película no es más que una re-elaboración constante del mensaje, una reflexión en torno al propósito de cada uno y de cada cosa. Lograr esto no sería posible sin una escritura coherente donde cada elemento tiene su sentido y lugar dentro de la trama, donde cada escena impulsa la historia en alguno de los tres niveles, donde cada personaje tiene una voz propia así sea pequeña y donde flota un humor cotidiano que matiza lo fantástico, acercándolo a nosotros. Así podemos seguir el resto de la historia siendo parte de ella, creyendo como creen los personajes: casi sin cuestionar.