¿Quién putas es Dante?, pensó Julia al escuchar la explicación del extraño a su lado. Ni loca me voy con el maricón de la túnica. También pensaba que si ya estaba al otro lado del túnel entonces para que el preámbulo. Que la llevaran derecho al Infierno. Igual, no será muy diferente. Así que Julia, incorpórea, insistía en quedarse plantada al lado del árbol donde su auto había chocado. En el asiento trasero yacía el cuerpo de un hombre sin pantalones. Su entrepierna estaba manchada de sangre seca. El cuerpo de Julia estaba en el suelo, bocarriba, en el mismo lugar al que se había arrastrado. Su ropa estaba rasgada y tenía sangre en los dientes.
Virgilio suspiró y observó una nube que cubría el sol. Elevó una plegaria que era una pregunta directa y recibió divino silencio por respuesta. Como siempre. La joven Julia, de piel blanquísima y ojos azules, era la tercera persona que recibía la divina oportunidad. El florentino, la segunda persona, la había aprovechado pero no había entendido muy bien. Del primero prefería no acordarse. Aquel bárbaro hirsuto había entendido más que Dante pero intentó sacar provecho propio. ¡Ay, los valores perdidos! Virgilio culpaba al vacío dejado por Roma. El mundo sin ella era un remedo de civilización. Volvió a mirar al cielo y se disculpó. Al pensar en la caída, terminaba indispuesto con el Hijo.
Bajó los ojos y vio que la joven lo observaba. Virgilio extendió su mano, invitándola. Ella negó con la cabeza. Él volvió a dar su discurso sobre el viaje, el aprendizaje, la visión divina y la comprensión casi total. Ella siguió negando con la cabeza.
—Te conviene seguirme al bosque. ¿Por qué no lo haces?
—¿Para qué? Dije que ni muerta me volvían a violar.