La primera suposición resultó incorrecta. La segunda, desafortunadamente, también. Benjamín dejó de morder el marcador rojo para tachar ambas líneas. Lo puso al lado derecho de la hoja amarilla y se recostó contra el espaldar de su silla. La juntura de la pata chirrió por lo bajo mientras sus piernas se acomodaban largas bajo el escritorio. Cayó el silencio, que se hubiera eternizado de no haber sido levantado por la voz de Carolina que lo llamaba desde la cocina.
Se levantó despacio, sintiendo cada músculo, tomando conciencia de ser. El presente, para él, era lo más importante. En voz baja repetía que la realidad es concebida en el futuro y enterrada en el pasado mientras que el presente era el reino del crecimiento y la reproducción. Mi orgasmo eterno renovado en cada instante, dijo cerrando su monólogo, al tiempo que las piernas terminaban de estirarse. Su cabeza quedó a pocos centímetros del techo. Rascó su oreja izquierda al notar el tono insistente de Carolina.
Cerró los ojos y caminó hasta la cocina.
Carolina se había puesto el delantal negro que tenía estampado un caballo naranja. A Benjamín le recordaba sus disfraces de infancia. Sonrió.
—Afanosa como siempre.
—Se te enfría la comida.
—Gracias.
Se sentaron en la mesita coja que estaba justo a la entrada de la cocina. Desde allí veían el corredor que es la columna vertebral de la casa. Al fondo la habitación; del lado izquierdo el baño, la biblioteca, un espejo y la puerta que da a la calle; a la derecha el cuarto de San Alejo, el estudio, otro espejo y la puerta que da al patio. Benjamín había conseguido la casa muchos años antes de conocer a Carolina. Su decoración permanecía intacta a pesar del tiempo que llevaba viviendo con ella.
La lámpara que colgaba del centro del corredor —única iluminación que tenían— osciló, sacándolos del letargo. Carolina habló.
—¿Falta mucho?
—No sé. Ya estoy aburrido de darle vueltas al mismo problema. No quiero seguir.
—No puedes parar.
Benjamín asintió mientras se comía una rodaja de tomate aderezado con albahaca y aceite de oliva. El olor se fue pegando a su cuerpo, fluyendo de abajo hacia arriba, ahogándolo. Flotó hasta que sus rodillas golpearon la mesa.
—Benny, no te distraigas. Termina de comer.
—Está bien.
Benjamín seguía con los ojos cerrados. Veía a Carolina recoger los platos, caminar hasta el fregadero, usar los guantes amarillos, poner un poco de jabón y lavar. La tira del delantal se anudaba bajo la espalda, en curvas que describían a la perfección formas matemáticas de múltiples dimensiones. Trajo su trabajo al frente del campo de visión y lo acomodó sobre el nudo del delantal. El lazo que venía del lado derecho de Carolina se torcía hacia abajo y afuera buscando el lazo del lado izquierdo que iba hacia arriba y adentro. Sin perder la dirección, ambos se encontraban porque la configuración geométrica del espacio justo al final de la espalda era poco común. Una mujer de barro tenía sus ventajas. Benjamín pensaba que, al elegir la costilla, Dios se había equivocado.
La tercera suposición resultó correcta. La ecuación que flotaba en los párpados de Benjamín se deshizo en puntos de luz blanca que se acomodaron en coordenadas bien definidas tomando una forma coherente que representaba, geométricamente, el teorema que estaba demostrando. La cocina dejó de ser amarilla y se llenó de contrastes. Benjamín sonrió. Dejó su silla, caminó entre axiomas y deducciones hasta estar detrás de Carolina. Suspiró, le besó la nuca, deshizo el nudo del delantal y se lo quitó. Ella giró sonriendo pero él se volvió a sentar sin mirarla. Puso el delantal sobre el teorema demostrado y apagó su luz. La cocina se emborronó y Benjamín abrió los ojos. Ella no estaba. Benjamín fue hasta el punto infinito del corredor. Allí, entre ambos espejos, lo esperaba Carolina.
—¿Has terminado?
—No. Además no importa.
—Se supone que debes terminar hoy.
—Soy plenamente consciente de eso.
—¿Entonces?
—Te dije que no me importa.
—Debería.
—¿Por qué?
—Es tu futuro Benjamín. Nuestro futuro. Sabes que no podemos seguir así.
La oreja izquierda empezó a picarle y Benjamín se rascó con la mano derecha mientras con la otra le pedía a Carolina que hiciera silencio.
—No me calles.
—Me estoy rascando.
—¡A la mierda con tu oreja!
La derecha picó con urgencia. Benjamín se inquietó un poco. No se podía rascar ambas y callar a Carolina al mismo tiempo.
—Por favor —suplicó.
Ella no dijo nada. Se acercó despacio, le besó la frente, le apartó las manos y puso las suyas encima del par de desesperadas orejas. Las cuidadas uñas de Carolina calmaron la ansiedad de Benjamín.
—Gracias.
—Tienes que terminar.
—No me lo recuerdes.
—Es mi deber.
Benjamín se echó hacia atrás, apoyando su espalda contra la pared. Abrió los ojos.
—Caro, no te vayas.
—Lo haré cuando acabes.
—No me dejes.
—Me iré.
—Quiero que te quedes.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Son las reglas. Déjalo así.
—No puedo.
—¿Por qué?
—No quiero terminar.
El cerró los ojos. Ella se quedó y caminó hasta la habitación, llamando a Benjamín por señas. El la siguió. No se hablaron durante horas.
El teorema flotaba luminoso sobre la cama. El brillo despertó a Carolina y se levantó de la cama sacudiéndose. Los restos de barro que golpeaban el suelo sonaban como cientos de caballos diminutos y desbocados. Benjamín no se atrevía a abrir los ojos. Tampoco lo necesitaba. En su mente veía a Carolina levantarse de la cama, golpear con sus manos el cuerpo que se deshacía en trozos secos; los caballos que se perdían bajo la cama, bajo la puerta y dentro del armario; sus párpados cubriendo los ojos cobardes que giraban despacio, consumiendo imágenes irreales en tiempo real. Antes de abrirlos vio la mano de Carolina sacudirse en el barro que, desde el suelo, clamaba por ser el caótico recuerdo de una mujer que nunca fue.