Hay trabajos que por su naturaleza pasan desapercibidos. Quienes los desempeñan acaso reciben un gracias emocionado o una invitación a comer. Dinero, nunca. Lo sé porque estuve envuelto en varios durante mi época amarilla. Imaginen, yo de ese color cuando soy una persona azul. Verde hubiera sido razonable, rojo algo extraño pero manejable, pero uno no controla el pincel con que lo pintan así que anduve amarillo por largo tiempo. Al bajón de ánimo que eso me producía colaboraba la certeza de unos resultados excelentes y no recibir una invitación. Ni siquiera el agradecimiento hipócrita de cuanto aprendiz de literato se cruzó en mi camino.
Tal vez suene a resentimiento quejarme después de diez años pero es que me quedó un rincón amarillo que no me deja ser azul de verdad. Si miro la mancha, veo como en los bordes se oscurece poco a poco, girando al verde limón, pasando por un verde metálico que no he podido encontrar en otra parte, llegando a un azul que debería ser el mío pero que no es porque siento que el maldito amarillo nunca desaparece del todo. Ni siquiera el límpido aguardiente la quita. Lo he intentado hasta que me vuelvo negro.
Me rendiría de no mediar el recuerdo de la persona que me ayudó a ser azul otra vez. Era un tipo multicolor, camaleónico y exitoso que guardaba un secreto. A veces, se acercaba a alguien y le regalaba un título. Lo dejaba caer y miraba para otro lado mientras el receptor lo agarraba, le daba vueltas, se lo medía, lo olía, lo mordisqueaba, lo degustaba y al final lo doblaba cuidadosamente para guardarlo en un bolsillo. Mauricio Burgos -así se llama el titulador- observaba la acción con una sonrisa medio torcida hacia abajo, entornando los ojos para no perder detalle. El título se alejaba en el bolsillo ajeno y así, desgajándose, crecía Mauricio.
El primer título que me regaló era un chocolate combinado: Imaginario real-time. Estuvo en mi bolsillo por tres meses, sin derretirse, hasta que pude usarlo como postre en una cena escrita a la carrera. Los comensales lo recibieron bien y alguno me ofreció un buen vino tinto. El amarillo empezó a oscurerse por zonas y yo me quedé pensando en el chocolate. Tuve que meditar bastante para recordar de dónde había salido. Menos mal a mi memoria no la limpio nunca. Allí, apretada entre un cielo gris y tres acordes de Spinetta, estaba la sonrisa de Mauricio. La saqué y me puse a seguir los alambres que la conectaban con el resto del recuerdo. Poco a poco fui encontrando los ojos entornados, la camiseta café, los jeans raídos y cómodos por lo viejos, la risa apasionada y esa mirada melancólicamente pícara. Lo último que rescaté fue su teléfono.
Le gustó poco que lo encontrara y mucho menos que hubiera descubierto su secreto. Estuvo incómodo durante nuestra primera charla. Intentó evitarme pero yo estaba obsesionado y decidió que era mejor lidiar conmigo que esconderse. En total hablamos siete veces, largas conversaciones que daban vueltas y siempre terminaban en los colores. Yo no entendía como soportaba ser camaleónico y él no supo explicarme que no está en nuestra naturaleza ser de un sólo color. Eso lo vine a entender después de que Mauricio desapareciera. Aunque entiendo su posición, todavía no la acepto. ¿Cambiar de color en cualquier momento? ¿Que los colores del mundo sean los míos? Imposible. Eso de ser uno con el universo es puto. Además, aparte de gente como yo, quién se daría cuenta que uno sigue por ahí. Pocos, digo yo.
Mauricio desapareció después de nuestra séptima conversación diciendo que era suficiente de problemas de color y que él era titulador, no pintor. Al principio pensé que era mi culpa. Luego encontré otras personas que lo habían conocido y me di cuenta que era su destino. No podía seguir siendo el mejor titulador del mundo si lo seguían encontrando. Decidió mejorar su acto de camaleón y al fin logró confundirse con el mundo y sigue por ahí, dejando caer títulos por todos lados. Por eso sospecho que su sonrisa torcida se esconde detrás de los anuncios absurdos y graciosos que nos encontramos a veces en la calle, en las calcomanías de los buses y en las extrañas canciones por venir.