Publicado originalmente en Noticias de un espía en el bar como parte de un ejercicio donde Daniel L. Serrano (dueño de casa) escribió el comienzo y los demás propusimos finales alternativos.
Vaya, parecía que iba a ser un día tranquilo, pero hubo tantos clientes que se pasó el día vendiendo neumáticos. Sin embargo no era normal lo que estaba ocurriendo justo ahora que se iba a casa. Sólo había apagado las luces cuando entró aquel tipo alto con gabardina y sombrero como si de un circo de empleados de oficina de funcionarios hubiera salido. Lo curioso es que tenía una pierna humana en su mano derecha. Nunca antes había entrado un cliente con una pierna humana en su mano derecha.
—Perdone —le dijo volviendo a encender las luces—, ¿quiere algo?, estaba cerrando.
—No, no quería nada sólo quería hablarle de esta pierna humana de mi mano derecha.
—Ah, ya me había fijado en ella, ¿le pasa algo?
—No, nada especial, es que no podía cargar con todo el cadáver.
—Entiendo… ¿Y cómo era el cadáver?
—Exquisito. Muy rico. No estaba nada mal su sabor. Pero yo quería hablarle de la pierna humana que tengo en mi mano derecha.
El vendedor de neumáticos cogió un trapo para limpiarse las manos un poco y se acercó al individuo con la pierna humana. La observó un rato y dijo:
—Pues parece una bonita pierna.
—Sí, lo parece, me consta, pero…
Aquel tipo parecía un tipo tímido, se había sonrojado cuando recibió ese piropo a la pierna humana que portaba en su mano derecha. El vendedor señaló la trastienda.
—Si quiere podemos hablar allá.
—Estaría mejor, gracias.
El espacio era pequeño y estaba ocupado por un escritorio lleno de facturas, notas y fotografías, dos asientos plásticos y una heladera azul con un radio encima. El vendedor limpió uno de los asientos para ofrecérselo a su visitante. El hombre con la pierna humana en su mano derecha aún se veía incómodo. El vendedor abrió la heladera, sacó dos cervezas y un tazón de ojos congelados. Después de poner el tazón sobre el escritorio, destapó ambas cervezas y le entregó una al visitante. Bebieron sorbos lentos y masticaron un par de ojos antes de que alguno hablara.
—Se preguntara…
—Pues claro. Es la primera vez que entra alguien con una pierna humana en su mano derecha. Además dijo que quería hablarme de ella.
—Sí, pero no es fácil.
—Sólo empiece.
El hombre puso la pierna sobre sus rodillas. La acarició con cariño desde el muslo recortado hasta el tobillo, recorriendo los músculos que se marcaban bajo la piel afeitada. Suspiró, agarró un ojo, lo masticó y habló con la boca llena.
—Como le dije antes el cadáver, exquisito. Pero la pierna…
—¿Qué le pasa a la pierna? Se ve bastante bien.
—De verse se ve bien, pero de saber… es lo más delicioso que he probado.
—Pues bien, felicitaciones pero ¿eso qué tiene que ver conmigo?
—Usted vende neumáticos.
—…
—Es que, los neumáticos son de caucho.
El vendedor bebió de su cerveza mirando al visitante sobre la botella. Al terminar su sorbo, se inclinó para tocar la pierna. El rigor mortis estaba pasando. Una hermosa pierna de deportista o bailarín, pensó.
—¿Y eso qué?
—No es el caucho en sí, es por algo que dijo mi almuerzo antes de que lo terminara.
El hombre respiró profundo. Hizo amague de agarrar otro ojo pero se contuvo. Puso las dos manos a ambos lados de la rodilla de la pierna que tenía en su regazo. Siguió hablando:
—Uno minutos antes de quedar inconsciente, entrecerró los ojos y dijo: venir a pincharse el caucho, maldito vendedor.
—Entonces usted asumió que tenía que ser yo.
—Algo así. Era un ciclista y cuando se pinchó pidió ayuda en mi casa. Se había caído y sangraba su rodilla izquierda. Eso me abrió el apetito.
—¡A quién no!
—Me alegra que entienda. El punto es que mientras lo almorzaba noté que le faltaba el ojo derecho era de vidrio. No le habría dado importancia si no hubiera hablado del vendedor.
El vendedor puso su cerveza en el escritorio, se inclinó hacia el visitante y lo observó por un rato. Después le preguntó:
—¿Pasa por esta calle a menudo?
—Todos los días.
—Y siempre…
—…veo su anuncio. El almuerzo estaba tan exquisito que tuve que venir a ofrecerle la pierna.
El vendedor de neumáticos tomó la pierna, la metió en la heladera y dijo:
—¡Brindo por los buenos modales!
—¡Salud!
Afuera, la luz de un farol ilumina la fachada de la tienda. Debajo del gran anuncio, en una ventana, hay un pequeño cartel blanco con letras rojas que reza: compraventa de partes.