i
La técnica del suck my dick no estaba funcionando. El tipo ese seguía mirando la mesa de la sala de juntas, sentado con las piernas abiertas, un brazo en el espaldar del asiento y el otro sobre su rodilla izquierda. Impávido. Quién putas se cree ese man, pensó Jorge Arizabaleta. Llevaba más de tres horas negociando con el monito de ojos azules. Había empezado en modo comercial básico: promesas vacías sobre el futuro de su inversión. Al no obtener resultado encendió el proyector para mostrar gráficos coloridos que comparaban dinero contra tiempo. Jorge pensaba que entre la curva creciente y su poder de convicción tenía que ser suficiente pero no, el maldito gringo no cedía. Se sirvió un vaso de agua mientras decidía que era hora de un ataque más frontal. Se sentó junto al inversionista, muy cerca, azul hielo contra café vidrioso. Esperó en silencio un buen rato, respirando lento. Retomó la retahíla de ventas pero se enfocó en su lenguaje corporal. Hora de la seducción, de aplicar su técnica del suck my dick. Estaba orgulloso de ese invento. Bautizado así por su hermano Diego porque, decía, los convences hasta de que te la mamen. Se basaba en un coqueteo medio descarado y funcionaba bien con hombres y mujeres porque el objetivo no era encantar sino intimidar. Hasta los más reacios caían cuando se lo proponía. Todos, excepto ese gringo.
ii
Casi diez cuadras más al norte, avanzando por la Avenida Sexta, detrás de una puerta sencilla junto a un estanco está el doctor Diego Arizabaleta. No es médico, ni filósofo, ni físico puro ni cualquier cosa que amerite el título. Le dicen doctor porque es gerente de una empresa y en este país se le dice así a cualquier baboso. Está en un salón rectangular de paredes blancas y sucias, con luz de velas, sentado en uno de los lados largos sobre un asiento alto de madera, con las rodillas muy juntas y la espalda recta. Mira su reflejo en el espejo que tiene al frente. A su lado derecho, en el suelo, tiene una bolsa plástica de rayas blancas y celestes. En ella guarda un pan de mil y dos bolsas de leche. Lleva una hora esperando que salga su anfitriona. El doctor viene dos veces a la semana, con el mismo cargamento, listo para su terapia contra la locura. La terapeuta sale de una puerta blanca que se confunde con la pared corta más lejana. Mide uno con sesenta y tres, trigueña, de pelo negro brillante, la piel de la cara tiene cicatrices de acné, grandes tetas, culo redondo pero fofo, ojos negros y la boca pintada de rojo. Lleva calzones negros y un sostén blanco. Combinación ganadora, piensa el doctor mientras levanta la bolsa y se la ofrece. Ella se come el pan de mil dejando que caigan migajas sobre el pantalón azul de Diego. Después deja las bolsas de leche bajo el asiento y limpia las migajas con su lengua mientras el sudoroso se quita la camisa. La terapia ha empezado.
iii
No hay rastro de la terapia ni en la ropa de Diego ni en su cara. Cierra la puerta y se va caminando despacio hacia su oficina, hacia el sur, en contravía al flujo de la Sexta. Cuando lleva dos cuadras la puerta se abre y sale ella. Viste camiseta roja, pantalón descaderado blanco y zapatos rojos de tacón alto. Un gran bolso de cuero que hace perfecto juego con el ancho cinturón rojo completa su pinta. Acelera hasta quedar a cuadra y media del Doctor. Cuando el se detiene, ella también. Cuando el arranca, ella continúa. La última vez que lo intentó el tipo se perdió en la multitud y no pudo ver a que edificio entraba. Esta vez no había tanta gente en la calle y descubrió que su destino era una vieja casa que quedaba sobre una transversal. Entró decidida.
iv
—Gringo marica.
—¿No has podido Jorge?
—Nada hermano. Ese hijueputa tiene las güevas bien puestas. Ya no se qué hacer.
—Que mierda. Necesitamos esa vaina urgente.
—¿Y qué hago? Ese man no quiere nada. Tocará…
—No, todavía no. Perder los clientes así no aguanta. Intentemos otra cosa.
—¿Qué? ¿Le vas a hablar vos? No seas güevón.
—¿Por qué no? Yo empecé solo esté chuzo.
—Y fue conmigo que te hiciste rico marica, así que no vengás a dártelas.
v
—Soy amiga de él.
—¿Del doctor?
—Si, señorita.
—¿Y cómo para qué lo busca?
—Es privado.
—…
—Tiene que ver con su terapia.
—¿Terapia?
—Si, soy su terapeuta.
—¿Nombre?
—Dayana.
—…
—¿Qué pasa?
—Nada. Espere un momento.
vi
—Diego, la gordis dice que te busca tu terapeuta.
—¿Quién?
—Dice que hay una hembrita abajo que dice ser tu terapeuta. Se llama Dayana.
—Mierda. Se supone que ella no sabe.
—¿Quién no sabe qué?
—Nada, nada. Que suba. Mandála a mi oficina.
vii
Jorge espera en el pasillo. De un lado está la puerta de la sala de juntas donde el gringo espera un café. Al frente está la puerta de la oficina donde Diego espera a Dayana. La puerta del ascensor se abre y sale Dayana. Está bueno el diablito, piensa.
—Hola, soy Jorge. ¿Buscás a mi hermano?
—Busco al doctor Arizabaleta.
Jorge se ríe escupiendo.
—Entonces sí. ¿Dayana, cierto? Mucho gusto.
—Mucho gusto. ¿Me indica dónde está el doctor?
—En esa puerta, pero ahora no te puede atender. Está respondiendo una llamada de Roma. Podés esperar conmigo.
—¿Será que se demora?
—No mucho. Vení te doy un café.
Van hasta el extremo del pasillo donde está la cocina. Jorge sirve tres tazas grandes de café.
—¿Por qué tres? pregunta Dayana.
—La otra es para un cliente que está en la sala de juntas. Voy a llevárselo, ¿me acompañás?
—¿No molesto?
—Al contrario.
Dayana asiente y camina detrás de Jorge, quien abre la puerta, deja que ella siga y la cierra tras él. El gringo levanta la mirada, observa a Dayana por un momento y luego estira la mano para recibir su café. Lo toma despacio, haciendo ruido al sorber. Jorge le ofrece a Dayana el asiento más cercano al gringo. Él se queda de pie y los presenta.
—Dayana, el es John Milton, uno de nuestros clientes favoritos. John, Dayana.
—Mucho gusto doctor John.
—No he terminado mi doctorado en filosofía Dayana, así que dime John— contesta el gringo sonriendo.
—¡Oiga, usted habla bien español!
—Es que lleva varios años acá— interviene Jorge. —¿Les molesta si los dejo solos un momento? Voy a mirar si Diego ya terminó.
—Por mi no hay problema— dice Dayana.
—Vaya— contesta John.
viii
—¿Qué se hizo esa vieja?
—La dejé con el gringo un rato.
—¡Estás loco hijueputa! Quién sabe que le va a decir a ese man.
—A lo mejor que le pagás por sexo dos veces a la semana.
—…
—No soy estúpido hermanito. Te seguí un par de veces.
—…
—Fresco, que todos necesitamos un huevo de vez en cuando. Lo que no entiendo es esa bolsa con pan y leche. ¿Le pagás con comida o qué?
—¡Qué te importa que haga yo!
—Está bien, está bien. Jugá con ella como querás. ¿Es buen polvo?
—¡No importa! Sacála de allá que es un peligro.
—No hermanito. Que le cuente lo que quiera, que hablen de lo que quieran y ojalá que hagan lo que ella quiere.
—¿Cómo así?
—Esa hembra es trepadora y un gringo es un premio demasiado jugoso. Si la dejamos un buen rato con él tratará de conquistarlo.
—Entonces quedará listo para nosotros.
—Exacto. Digamos que es una variación de la técnica.
Ambos rieron.
ix
—¿Dayana qué?
—Marcela.
—¿No me va a decir su apellido?
—No acostumbro a darlo la primera vez.
—Está bien Dayana Marcela. ¿A qué se dedica?
—Soy terapeuta. Por eso vine, para hablar con el doctor Arizabaleta de su terapia.
—¿Diego o Jorge?
—El doctor Diego.
—Entiendo. ¿Y qué tipo de terapia practica usted?
—No le puedo decir. Es algo privado del doctor.
—Eso lo sé. Pregunto por su trabajo en general, no por el caso particular de Diego.
—Ok.
—…
—¿Qué quiere que le diga?
—Pues que tipo de terapia hace.
—No sé si decirle. Usted parece buena persona.
John se ríe sin escupir.
—Supongamos que sí.
—Me cae bien.
—Gracias. Yo no he decidido cómo me cae usted.
—…
—Es broma.
—…
John sonríe y toma la mano derecha de Dayana.
—En serio.
—Está bien. Le creo— contesta ella sonriendo.
x
Diego y Jorge están en la cocina tomando taza tras taza de tinto. Jorge sonríe y Diego frunce el ceño. Llevan veinte minutos y Diego se dirige a la sala de juntas. Jorge lo agarra de los hombros, lo obliga a devolverse y niega con la cabeza.
—¿Cuánto tiempo llevas acá John?
—Tres años.
—¿Estudiando para tu doctorado?
—De cierta forma.
—¿Cómo así?
—Suspendí mis estudios porque debía probar algunas cosas acá.
—¿Qué cosas?
—Usted tiene sus secretos, yo tengo los míos.
—¿No me vas a decir?
—No.
—¿Y si yo te digo los míos?
—Ahí veremos.
—No seas malo, dime.
John se levanta, camina hasta la puerta, la entreabre, observa el pasillo vacío, la cierra y se sienta.
—Antes le hago una pregunta. ¿Ellos le pidieron que me hablara?
—¿Los doctores? No. Yo vine a hablar con el doctor Diego por cuestiones personales.
—¿No era de su terapia?
—¿Y su terapia no es personal?
—Cierto.
—¿Entonces no le pidieron que me convenciera de invertir?
—No. ¿Es que no quieres? Ellos tienen mucha plata.
—¿Usted cómo sabe?
—Pues son doctores.
—…
—Y el doctor Diego paga lo que le cobro.
—La terapia.
—Si.
—Entonces es cara esa terapia.
—Me da para vivir.
—Afortunadamente. ¿Del doctor Jorge sabe algo?
—Lo que me ha contado su hermano. Lo conocí apenitas hoy. Es buena persona.
—¿Jorge Arizabaleta, buena persona? ¿De verdad eres tan ingenua?
—¡No me trate mal!
—Al contrario. Le recomiendo que se aleje de ellos. Son estafadores profesionales, convencen a la gente de inversiones absurdas y les quitan el dinero.
—No le creo.
—Como quiera. Sólo tenga cuidado.
—¿Le preocupo o qué?
—No me gusta que engañen a la gente. Mucho menos que la hieran.
—Pero no me conoce.
—No importa. Estoy en posición de ayudarla.
—¿Si? Entonces dígame que hace acá.
—Para hacer una estafa ellos quieren un objeto valioso que yo poseo.
—¿Los va a ayudar?
—No.
—¿Entonces por qué no se va?
—Porque ellos tienen algo que es mío.
xii
Jorge está sentado en un sofá de cuero negro, los ojos cerrados, escuchando el sonido que hace su hermano mientras escribe en su computador. Están en la oficina de Diego que es tan grande como la sala de juntas y tiene la misma alfombra verde espinaca. También están las mismas paredes blancas pero aquí están cubiertos por cuadros grandes y coloridos. Hay un típico paisaje de montaña con lago incluido, un estudio abstracto en verdes y azules, y una reproducción de El Jardín de las Delicias del Bosco. Diego termina de escribir, se levanta, va hasta el sofá y se sienta junto a su hermano. Jorge permanece con los ojos cerrados.
—¿Listo?
—Si. Ya le dije a la gordis que imprima tres copias. Sólo falta que el gringo firme.
—Firmará.
—Eso espero. Si no nos entrega ese video estamos jodidos.
—Podríamos mandar quebrar a ese hijueputa.
—No seas güevón, ese man debe tener copias.
—Entonces da lo mismo que nos entregue algo. Siempre vamos a quedar con la duda.
—Acordáte que ya hablamos de eso. El nos buscó porque quiere algo.
—¡Pero no pide nada!
xiii
—Entonces Dayana, ¿me cuenta su secreto? Ya le conté el mío.
—No sé, es muy privado.
—Lo de mi esposa también. Empiece.
—…
—No lo piense tanto. Cuénteme.
—Pues que le digo. Necesito hablar con el doctor porque algo paso.
—¿Qué cosa?
—Que me embaracé.
—¿De quién?
—¡Del doctor!
—¿En serio? ¿Está segura?
—Segurísima.
—Caramba. Parece que la terapia es más divertida de lo que yo suponía.
—No se burle. Esto es serio.
—Muy serio. Está loca si cree que el tipo ese le va a responder.
—Después de lo que me contó lo dudo.
—Claro, si no tuvieron problema para estafar a una moribunda menos van a respetar su embarazo.
—Ya me metió miedo.
—Que bueno. Así estará más alerta. ¿Sabe qué?
—¿Qué?
—Usted y yo nos podemos ayudar.
—¿Cómo?
xiv
—Ya llevan demasiado tiempo— dice Jorge y se levanta. Diego lo sigue. Cuando abren la puerta se encuentran con John y Dayana.
—Hablemos en su oficina— dice John.
—Está bien— contesta Diego.
Entran todos. Los hermanos dejan el sofá para John y Dayana. Ella se sienta pero John se queda dando vueltas, mirando los cuadros. Diego se sienta en su puesto y Jorge se sube al escritorio.
—Entonces John, ¿listo para invertir?
John levanta la mano en señal de silencio. Deja atrás el paisaje, se detiene un momento frente al estudio abstracto, mueve la cabeza haciendo una mueca, continúa hasta el Bosco y lo observa. Se acerca al lienzo, lo huele, lo toca, se concentra en el lado derecho y en los instrumentos de tortura. Sonríe. Mira el marco de madera oscura y ladea la cabeza. Después de unos minutos habla.
—Diego, ¿siempre ha estado enmarcado este cuadro?
—Supongo. Lo recibí hace poco.
—Me imagino.
—¿Cómo así?— pregunta Jorge.
—Nada, nada. Hablemos de negocios.
—¡Perfecto! Aquí tengo los papeles.
—Ese negocio no. Ese otro— dice John mientras señala a Dayana.
Diego y Jorge se miran. Diego pregunta:
—¿De qué habla?
—Por su bien, ella no contestará a menos que yo le indique. Señores, es necesario que entiendan que ella está bajo mi protección. Eso quiere decir que su bienestar y el de su bebé estarán incluidos en nuestra otra negociación.
—¿Bebé?— pregunta Jorge, gira para mirar a Diego y le dice —¿Embarazaste a esta puta?
—¡Imposible!
—No es imposible. Ahora que tienen claro eso, hablemos de su inversión en mi negocio. Jorge, ¿cuánto es lo máximo que pueden ofrecer?
—Es tu inversión en el nuestro John, no lo olvides.
—No, no, no. Se equivoca. Hablemos claro. Yo tengo el video, ustedes lo quieren. La inversión que me propones es una fachada para adueñarse de él. Ustedes son estafadores y no pienso caer en su juego. Ahora, ofrezcan.
—¡No nos insulte señor Milton!— grita Diego.
—Déjalo— dice Jorge. —Esta bien gringo, hablemos claro como dices. Si ponemos en plata lo que te he ofrecido, es más que suficiente por el video. No has aceptado, así que estás detrás de otra cosa.
John ríe.
—Más o menos— dice caminando hasta el Jardín. De un tirón lo lanza al suelo, patea la esquina inferior derecha del marco y un anillo dorado sale rodando.
John se agacha, lo recoge y lee en voz alta la inscripción.
—Para Beatriz, mi paraíso reencontrado.
Diego y Jorge están expectantes. Dayana habla.
—¡Por fin lo encontró!
—Si Dayana. Donde ella lo dejo.
John saca un disco del bolsillo derecho de su chaqueta. Lo tira sobre el escritorio.
—Esa es una copia de lo que quieren. No era tonta mi Beatriz. Aparecen ustedes con ella, cerrando el negocio. Pueden quedarse con ese disco gratis, las demás copias están repartidas entre varias personas con instrucciones claras.
—¿Entonces pagaremos por su silencio? ¿Cómo sabemos que no nos sacará más plata por esto?— pregunta Diego.
—No saben. Perderlo todo a manos de ustedes hizo que Beatriz muriera más rápido. Que ustedes se pregunten todos los días si voy a contar todo es mi venganza y la mitad del precio. La otra mitad es que Dayana lo tenga todo y no le pase nada.
—¡No puede ser hijo mío!— grita Diego.
—Eso no me importa. Ustedes se buscaron esto. En esta tarjeta están los datos de la cuenta donde deben consignar, mensualmente, la cantidad que aparece debajo. Si hay cambios en los términos de esta negociación, yo les avisaré.
John abre la puerta y hace señas para que Dayana salga. Ambos salen al corredor y ella va hasta el ascensor.
—Ella se va conmigo— dice John metiendo la cabeza a la oficina.
—Claro gringo hijupueta, también te conseguiste un polvo privado— dice Jorge.
—¿Ella? Ni loco. Yo me cuido. Si me la llevo es por negocios.