Publicado originalmente en www.elclavo.com.
Pedro abre los ojos. El techo es blanco. Mira a su izquierda, a su derecha. Reconoce su mesa de noche y la puerta cerrada que da al corredor. Oye ruido de cacerolas contra fogones. Cierra los ojos intentando recordar. Ve una discoteca llena de humo, luces azules, una barra atiborrada de gente y vasos llenos. Se termina su pequeño coctel oscuro y una voz le dice algo. No hay más. Abre los ojos. El ruido se transformó en aroma de huevos con jamón y pimienta. Quien esté en la cocina conoce sus gustos. Pedro está desnudo y húmedo. La sábana está manchada con sudor y semen. Las almohadas están en el suelo, no hay rastros de ropa. Pedro no sabe con quién estuvo. Recorre la cama con su nariz pero el único olor que encuentra es el propio: leche tibia con algo de limón. En el baño, se lava la cara, amarra su pelo negro y largo, se rasca las orejas y cepilla sus dientes. Tiene bolsas bajo los ojos rojos. Mira el reloj sobre la mesa de noche. Diez de la mañana. Oye pasos. Ve la puerta del cuarto que se abre.
Pedro acaricia la pelusa blanca en su cabeza. Abre la alacena. Hay peroles, cacerolas y una espátula solitaria. Agarra dos cacerolas y la espátula cae. Asoma la cabeza y mira hacia el cuarto. Silencio. Recoge la espátula y enciende dos fogones. Abre la nevera, escarba y saca cuatro salchichas, mantequilla y dos huevos. Calienta la mantequilla y sofríe las salchichas. Busca un pequeño pimentero de aluminio. Lo toma, lo gira y deja caer granos molidos sobre las salchichas. Las pone en platos separados, rompe los huevos contra el borde las cacerolas y los deja caer dentro. Unas gotas de clara salpican su estómago, descienden y se pierden entre pelos retorcidos y pegotes de semen. Pedro los mira y sonríe. Hace años no follaba tan rico. Se rasca las pelotas. Los huevos se están pegando. Los sirve con la espátula. Saca jugo de naranja de la nevera y sirve dos vasos. En una mesita de desayuno pone encima los dos platos, dos tenedores, dos cuchillos y los vasos. Sale de la cocina, camina por el corredor, envuelto en el olor que ama, llega a la puerta y la abre.
Pedro firmará el contrato y pagará. Será guiado hasta el cubículo lleno de cables, lucecitas y relojitos. Preguntará si no hay riesgo y el empleado le contestará que no, que todo está perfectamente controlado. Le preguntarán la fecha y contestará que quince años atrás. Cerrarán la puerta y justo antes de que apaguen la luz Pedro verá reflejada allí su cara arrugada y su pelusa blanca. Después contarán hasta diez y Pedro retrocederá. Retrocedió. Apareció en un callejón y caminó hasta la avenida. La noche estaba limpia. Una fila lo guió hasta la discoteca, se buscó entre el humo y se encontró en la barra. Caminó hasta ese joven de pelo negro y largo. Le ofreció una bebida y alabó su camisa. El joven aceptó ambas cosas y charlaron un rato. Bebieron hasta que no aguantaron más y se fueron a follar.