Sólo se escuchó un sonido ahogado. Dentro del armario, Juan se preguntó que habría sido. Aunque era curioso desde pequeño, al crecer se había vuelto precavido así que siguió esperando. La línea de luz que dividía el suelo y la puerta desapareció. Con la oreja derecha pegada a la madera, Juan intentó descubrir si estaba solo. Llevaba escondido casi dos horas y sus piernas hormigueaban. El silencio que percibió inclinó la balanza. Abrió la puerta despacio y salió a un cuarto tan oscuro como el interior del armario. Las cortinas estaban cerradas pero la espera había permitido a sus ojos acostumbrarse a la oscuridad. Vio la cama tendida, un reloj digital en la mesa de noche, la puerta del cuarto cerrada y sin luz detrás, un espejo ovalado en la pared del frente y, dos metros delante del armario, un par de botas de plataforma apuntando hacia él. Eran oscuras con algunas franjas claras y el único detalle que podía distinguir era una especia de arco iris tricolor en la parte superior. Dos horas antes no estaban allí.
Juan avanzó tres pasos y se arrodilló frente a las botas. Metió la mano derecha en cada una. Estaban frías. Acercó la nariz y descubrió que no había olor a ser humano, parecían estar sin estrenar. Esperaba encontrar el encantador aroma de la dueña de casa y se lamentó al no hacerlo. Se inclinó a derecha y a izquierda, estudiándolas. La parte delantera del tacón era color crema y tenía una estrella rojiza. La trasera era negra, como la mayor parte de la bota, y también tenía una estrella pero de color crema. La mitad inferior parecía un campo crema cruzado por un camino negro rematado con una flor blanca de tres pétalos, aunque podrían ser cinco o seis si había otros ocultos detrás. Juan se rascó la oreja derecha y torció la boca. Agarró la bota izquierda, la levantó unos centímetros y la dejó caer. Hizo un ruido seco pero no ahogado. Repitió con la bota derecha y obtuvo el mismo resultado.
Oyó el sonido ahogado otra vez pero no pudo ubicar su origen. Juan miró el reloj y vio que eran las cinco con cincuenta y cuatro de la tarde. Ella estaba por llegar. Mejor volver al armario y esperar, si seguía buscando podría verlo y eso no estaba bien. El sonido lo inquietaba, tanto como las botas, porque en el tiempo que había estado ocultándose no había oído o visto algo similar. Volvió a mirar el reloj. Seis en punto, seis minutos perdidos cavilando. Volvió al armario con las botas. Si no estaban allí antes, mejor que no estuvieran allí ahora. Al cerrar la puerta del armario oyó la del cuarto abrirse. La línea de luz apareció otra vez. Reconoció los pasos de la mujer que esperaba. En su mente hizo el recorrido instantes antes que ella lo repitiera: giro a la izquierda, caminar hasta el espejo, giro a la izquierda seguido de unos segundos de contemplación, giro a la izquierda otra vez, pasos rodeando la cama hasta la mesa de noche. Juan sonrió, le gustaba que ella repitiera su rutina todos los días.
La sonrisa no duró porque donde seguía el sonido de los resortes del colchón al sentarse en la cama se entrometió el sonido ahogado. La tercera es la vencida y Juan no aguantó tantos cambios. Empujó la puerta con rabia, salió del armario y se plantó en el lugar donde recogió las botas. Sentada en la cama, ella lo miró con sus ojos negros muy abiertos. Estaban luminosos de lágrimas. Juan sintió su mirada recorrer su cuerpo desde su cara hasta su mano derecha. Allí se detuvo. Recordó que todavía tenía las botas agarradas. Las soltó y al dar contra el piso hicieron el mismo sonido seco de antes pero duplicado. Cayeron a pocos centímetros, apuntando hacia él. Las observó largo rato. Al levantar la mirada vio que ella estaba frente a él, sonriendo. Juan miró el reloj (eran las seis con seis) y notó que el cajón estaba abierto. Trató de recordar que guardaba ella allí pero no logró hacerlo porque su aroma lo envolvió. Ella estaba a cinco centímetros de su cara, luego se alejó hacia la puerta del cuarto. Él la siguió sin pensar. Ella abrió la puerta del cuarto y dejó que él saliera primero. Después del primer paso Juan empezó a ver el suelo cada vez más cerca. No sintió dolor en ningún momento.
Unas horas después de que la policía se marchara con el cadáver de Juan, su cuchillo y su declaración, ella entró al baño a ducharse. Mientras el agua corría, el sonido ahogado se repitió. Una mano apareció debajo de la cama, seguida por otra mano, dos brazos peludos y un cuerpo largo que reptó hasta quedar al descubierto. La figura que se levantó estaba vestida con jeans y camiseta negros. Iba descalzo. Caminó hasta las botas y se las puso. Sonrió. Fue hasta la mesa de noche, se sentó en la cama y adelantó el reloj una hora. Se levantó, caminó hasta el armario y lo cerró con suavidad. Se detuvo un momento mirando todo. Inhaló con dificultad. Sacó el inhalador con Salbutamol y se dio un pase. Inhaló con tranquilidad. El aroma de la mujer lo invadió y sintió felicidad. La ducha se calló. El hombre volvió a su lugar bajo la cama.