Ayer estuve sacando el pasaporte porque en febrero, como sea, me voy a Buenos Aires con Dániel. Un mes no más, de paseo y trabajo, recorriendo los lugares que conocí por Borges, Charly, Fito y Bioy Casares. Además el placer de charlar de cine y mil cosas más con Liliana y ver a Apu/Carlitos por primera vez desde que se fue a estudiar allá.
Hace rato no tenía que hacer colas -excepto en el cajero de Conavi más cercano a la oficina porque siempre está lleno- y me temía lo peor. Llegué al Banco Popular y vi la larga fila que daba tres vueltas. Me situé al final, vi un conato de pelea entre las tres mujeres que me precedían, y noté que fluía veloz. Al final no estuve más de cuarenta minutos allí. Después me tomé las fotos de rigor, las cuales quedaron regulares, hecho que parece de rigor también. Un par de fotocopias después entré a la Gobernación donde me mandaron a la oficina de pasaportes que queda al lado, no adentro.
Hasta aquí todo bien. Atención amable, buen ritmo, pocos papeles. Uno de los cientos de tramitadores/vendedores me indicó la entrada y de paso me marcó como suyo. El vigilante efectuó una primera revisión de papeles, informándome que faltaba la copia de la consignación. Salí, buscando con los ojos una fotocopiadora y mi vendedor gritó: allá en Comcel.
La nueva fotocopia me permitió rebasar al guardia y me acercó al escritorio oficial de revisión de documentos. Tenía todo en orden. La encargada armó un paquete y me asignó el turno 60. Iba a dejarme seguir cuando recordó algo y preguntó: ¿trajo las dos hojas blancas?. Mi curiosa mirada notó que en el escritorio había más de una resma de limpio papel. Pensé que eran necesarias para escribir algún memorial, datos manuscritos para verificación grafológica, poner sellos, cualquier cosa que fuera parte del proceso. Inocente le dije: no, no me dijeron. ¿Puede darme dos? Ante su negativa salí y mi vendedor, otra vez, fue mi salvación. Necesita hojas blancas, me dijo sin preguntar. A doscientos. Le pagué, entré, entregue las hojas que fueron a parar al montón del que yo había pretendido obtenerlas. Ingresé a la sala de espera y después de un tiempo tenía mi pasaporte.
Dos hojas blancas. Que no se usan. Dos hojas blancas, a $100 cada una. Si una resma cuesta $7,500 pesos, cada hoja sale a $15. Eso quiere decir que hay una ganancia de $85. Por lo que vi, las hojas sin usar se acumulan en el escritorio. Es posible, entonces, que cuando haya una cantidad suficiente, la encargada le venda las hojas al vendedor de afuera, con lo cual se inicia un nuevo ciclo de uso. Con la ganancia por hoja, la primera venta de la resma le representa $42,500 a cada uno, mientras que cada vuelta posterior le representa a ambos $50.000 pesos. ¿Cuántas hojas se gastan por día? ¿Cuántas por semana? Alguien más hará los cálculos porque yo no quiero saber. A lo mejor de aquí a febrero me pagaba el viaje.
Reventa de hojas en blanco, eso si es negocio. Y yo desarrollando software.