Su pelo crespo se enredaba siempre cuando dormía. Cepillarse era un martirio al que se sometía porque prefería el pelo-baba, pero nunca lograba que quedara tan liso como quería porque se le hacía tarde. Con el primer golpe del aire matutino, algún mechón terminaba rodeando su oreja, sigoloso y burlón. Intentaba acomodarlo pero sus manos eran incapaces de ganar esa batalla y se rendían buscando en el bolso el dinero para el bus. Nueva lucha, ganada en el último momento, cuando los ataques de todos los chécheres se detenían por un instante y ella sacaba triunfal las monedas justas para pagar. El conductor de turno las recibía, esperaba que ella diera la vuelta y, sonriente, le miraba el culo. Fuera de concurso era ese culo, redondito, durito, cubierto de esa pelusa que los ilusos veían entre la blusa y el pantalón, y los más afortunados habían palpado. Sonriendo, el conductor no imaginaba la suave sensación en sus dedos. Ella nunca se da cuenta y siempre se sienta al lado derecho, para ver la ciudad que huye, intentando descubrir el patrón que le explicará todo lo que quiere saber.
Desde la esquina, él la mira. Lleva horas esperando que aparezca, sentado en el mismo butaquito de madera, apoyado en el mismo poste que está lleno de anuncios. La pierna izquierda le duele un poco, justo detrás de la rodilla. En otras ocasiones frotarla resulta de ayuda. Esta vez no. Sus dedos se mueven con fuerza sobre el pantalón de lana, se calientan y trasmiten algo de bienestar, pero no es suficiente. El dolor se extiende hasta el muslo y baja hasta la pantorrilla. Decide aplazar su preocupación porque ese momento no le pertenece a su dolor sino a ella. A él le encanta que camine despacio, asegurando cada paso, confiando poco en el suelo. Le encanta porque él ha sido un caminante precavido desde niño, cuando el piso se convirtió en su primer y único amigo. Ahora, cientos de años después, la butaca y el poste completan su círculo cercano. Al cambiar el semáforo, ella cruza la calle y se aleja, perdiéndose entre el gentío que termina su jornada. Él se rasca la nuca, se frota los ojos, hace una mueca cuando el dolor reclama su lugar, se recuesta en el poste y saca un libro chandoso del bolsillo. Está tan arrugado como su cara y en esas arrugas están las respuestas que nunca buscó.
El profesor abría y cerraba la boca rítmicamente. Ella sabía que salían palabras pero lo único que oía era un zumbido monótono. Al fondo veía el tablero, verde típico, con algunas ecuaciones diferenciales a medio escribir. La solución se le escapaba, igual que a sus compañeros. Su cuaderno, además de una copia fiel de las ecuaciones, tenía una lista de personas. Algunas estaban tachadas, otras subrayadas, ninguna resaltada. A pesar de las marcas, todos los nombres le parecían iguales. Viejos amores y viejos amigos, múltiples variables de una fórmula que parecía no tener solución. En esos nombres estaba su pasado y en esos nombres buscaba señales de su futuro. El zumbido se detuvo, reemplazado por el chirriar de la tiza. Las ecuaciones diferenciales fueron solucionadas en poco tiempo. El profesor observó a sus alumnos con aburrimiento y luego abandonó el salón. Los alumnos salieron detrás pero ella se quedó un rato sola, sentada en el pupitre lleno de surcos. No había patrones allí, sólo desorden. No había respuestas en él, así como tampoco estaban en el tablero, en su cuaderno o en la ciudad que siempre se aleja. Ella se levantó cansada, apagó la luz y se marchó.
Una hoja se desprende cuando cambia de página. Un extremo queda apoyado en el suelo, el otro en la caja de dulces que reposa junto al butaquito. Lleva ahí varias horas porque la venta está lenta. Él se inclina, estira la quejumbrosa espalda, la recoge. Es el inicio del último capítulo y él no puede evitar leer un poco. El silencio se apodera del cuarto, mientras Juana enloquece. La cama la culpa de todo lo que ha pasado y esa voz de sábanas húmedas le llega al alma. Juana quiere que se calle, que no le hable, que no le reproche su pasividad y su estupidez. Las palabras se decantan en su mente. Pasividad y estupidez. Mira hacia arriba, a la lámpara que corona el poste, la que lo ilumina todas las noches. La protagonista quiere ignorar sus errores pero él sabe que no lo logrará. Estos siempre se pagan. Cientos de años antes él lo sabía y no hizo caso. Ahora la pierna grita y frotarla no ayuda. Guarda el libro porque ya sabe como terminará.
A veces, en la noche, está el mismo conductor de la mañana. Esa vez no, pero no importaba, porque para ella todos eran uno. Se subió adormecida después de clase, el calor del día escapando del asfalto y subiendo por sus piernas. A esa hora el bus va lleno de gente que espera regresar a sus guaridas. Ella se preguntó qué sería preferible: volver o no volver. Sin decidirse se sentó del lado derecho y observó lagos llenos de la luz amarilla de los postes, habitados por transeúntes amodorrados, rodeados por la espesura del bosque citadino donde se percibía una paz inquieta. El viaje fue eternamente instantáneo. Ella bajó, cruzó la esquina y llegó a un semáforo. Ronronearon de rabia los carros al aparecer el rojo. Ella atravesó la calle, encontró a la muchedumbre y se internó en la maraña de ojos, narices, brazos y piernas que lo mismo querían tocarla como evitarla. Al abrir la puerta de su casa, el mechón sigiloso de la mañana ya estaba acompañado por otros más aparatosos. Los crespos le caían sobre la frente, impidiéndole ver con claridad la cerradura. Como todos las noches, entró con desesperación.
Esperará unos minutos más. Cuando esté seguro de que nadie vendrá, se levantará con cuidado, apoyando la pierna derecha porque a esa hora la izquierda estará casi inservible, recogerá caja y butaco, mirará a ambos lados de la calle y partirá. A lo mejor, con tanta carga y con tan poca destreza, se le caerá el libro del bolsillo y decidirá que no lo quiere más. Para qué, si ya se como termina, piensa. No me dirá nada nuevo.
No puede dormir. Tiene el cuaderno abierto en la misma hoja, en la misma lista. Los nombres le pesan. También le hablan pero no le dicen nada. Todos los nombres, todos los días, le ponen la lengua amarga. Quiere algo dulce y piensa en almendras. Hoy decide salir a buscarlas.
No hace tanto frío pero igual los pezones van paraditos. Los lagos de luz amarilla se han secado un poco y están vacíos. Ella los atraviesa midiendo cada paso, para no ahogarse. Intenta ubicar al vendedor. Sabe que se sienta junto al tercer poste desde la primera esquina que encuentra al salir de casa. Lo ha visto todos los días desde que vive allí. Un par de veces, cuando fumaba, le compró mentas. Ahora busca almendras que le quiten el mal sabor que le sube desde el estómago, allí donde guarda su alma. El viejo no está y en su lugar yace un libro. Ella lo recoge, le da vueltas, lo huele. No tiene tapas, algunos hongos adornan los bordes, las hojas están arrugadas y sueltas. Lee la primera línea del primer capítulo. Juana no duerme, Juana no sueña. Ella se sienta en el andén y sigue leyendo.
La hoja siguiente se le va de las manos. Es el inicio del último capítulo. El silencio se apodera del cuarto, mientras Juana enloquece. La cama la culpa de todo lo que ha pasado y esa voz de sábanas húmedas le llega al alma. Juana quiere que se calle, que no le hable, que no le reproche su pasividad y su estupidez. Las palabras se decantan es su mente. Pasividad y estupidez. Ella mira hacia abajo, al lago amarillo que la rodea, a las algas negras que salen de sus pies. Juana es una estúpida, piensa. Ojalá yo no olvidara mis errores, ojalá supiera cuales fueron. Mete la hoja en su sitio y cierra el libro. No quiere terminar de leer porque sabe como terminará. Deja el libro en el suelo y se marcha.
La almohada está cubierta por una enredadera oscura. El cuaderno está cerrado y en el suelo. Ella tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta. El aire que entra y sale no le quita el sabor amargo que se aferra a su lengua. Se queda con el antojo de almendras y se contenta con su recuerdo. Ella no duerme.