Para Liliana y Neil, que no se conocen, pero se caerían muy bien.
Dicen que Buenos Aires es chata y cuadrada. No tiene subidas ni bajadas y cada cuadra mide exactamente cien metros. Aburrida y predecible me pareció intuir. Más allá de confiar en mi fuente, no puedo dar fe de esta información porque conozco pocas ciudades y Baires no está entre ellas. Las que sí conozco no son chatas ni cuadradas ni extranjeras. Todas colombianas, todas con pendientes muy empinadas, todas con árboles, todas sucias, todas impredecibles. Dar la vuelta en una esquina puede significar encontrar esa calleja perdida de la que sólo hablan algunos poetas menores y muertos. Toca aprovechar el momento porque una vez salgamos al plano habitual de la ciudad, perderemos la ruta. Dicen que las ciudades están vivas pero que duermen. Si eso es cierto, esos recovecos que encontramos de vez en cuando son fragmentos de sueño que desaparecen cuando ellas se mueven en la cama.
Aburrida y predecible me pareció intuir. Aclaro que mi intuición no se refería a la ciudad como tal, sino a la percepción que se pueda tener de ella. En el caso de esa ciudad —y otras parecidas— mi intuición es diferente. Un exterior plano, cuadriculado, lleno de líneas rectas que se cruzan en normales ángulos rectos siempre esconde un interior caótico, productivo, mágico y generador. Para mí, la razón es simple. En esas doncellas/monstruo dormidas conocidas como ciudades viven seres humanos. Extraños seres estos. Parece que todo el tiempo se sintiera fuera de lugar. Parece que todo el tiempo buscaran ese nicho, esa línea, ese cuadradito donde encajan a la perfección y el circuito funciona y el dichoso bombillito se ilumina. Entonces se mueven, cambian, pelean, aman, lloran y odian. A veces todo al mismo tiempo. Y los sueños de la ciudad que duerme resuenan con lo que mana desde esos bichitos que corren por su piel. Y los sueños de la ciudad mutan y desaparecen, calles que dejan de ser, calles que son.
Dicen que las ciudades sueñan. Si eso es cierto, también imaginan. Y lo que imagina la ciudad que duerme son las calles que serán, los bichos que la recorrerán, los cielos que las cubrirán y los corazones que las querrán. Yo creo que entre esos últimos, los corazones, la ciudad espera uno, al menos uno, que sepa que a pesar de ser chata y cuadrada , cuadriculada, calcada de un plano, es más que eso. Es una doncella/monstruo que duerme y que sueña y que puede despertar en cualquier instante y devorarnos. Devorarnos porque nos quiere. Devorarnos porque nos desea. Devorarnos porque somos parte de ella. Devorarnos y soñarnos y recordarnos siempre. Devorarnos para guardarnos en las paredes de ladrillo renegridas por el humo de los buses que nunca conducimos, en las hojas de los árboles que nunca sembramos, en las agujas de las iglesias a las que nunca entramos y, sobre todo, en la piel de los que nunca conocimos.