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V for Vendetta

By adapar on April 21, 2006

Publicado originalmente en Kinephilos.

Simple como la sonrisa fija del asesino mientras seduce a la Muerte y la induce a operar bajo su mando. Tan simple como la sonrisa fija de aquel que ha perdido los ojos y ve la realidad sin el velo que la cubre. Así es esta película en la que no pasa nada y pasa todo. Nada porque la historia original se diluye en un discurso bastante maniqueo. Todo porque el mensaje es válido y necesario en estos momentos. ¿Qué nos importa si por enviar un buen mensaje se simplifica el cuento? Importa que llegará a más gente y que más personas lo entenderán. Cierto, se pierde la mayor parte de la confusa y fructífera reflexión inspirada por el cómic —fuente de la película— pero la crítica contra el gobierno de los Estados Unidos es clara, directa y amena. El fin se ha alcanzado, los medios no han importado, la película ha funcionado. La historia misma de su producción refleja la otra, esa que sobrevive entre líneas —debería decir entre cuadros— y que percibimos cuando cerramos los ojos para abrirlos nuevamente después de ponernos la máscara del terrorista/salvador que ve más allá de lo evidente.
Vamos por partes.

Alan Moore y David Lloyd se unen para crear un cómic netamente inglés. Su pesimismo político los lleva a crear una Inglaterra convertida al fascismo, donde el individuo no vale y es controlado por un estado totalitario. Este panorama sirve de contraste para que el anarquismo del protagonista sea más evidente. El mensaje del cómic es confuso intencionalmente pues sus autores no pretendían imponer sus opiniones sino motivar a una reflexión profunda. Que cada lector se defienda solo, para eso es inteligente. Punto. Entra Joel Silver. Años con los derechos bajo el brazo, se une con los hermanos Andy y Larry Wachowski para producir la adaptación. Ellos, fanáticos declarados del trabajo original, tienen un guión listo. Matrix después, empiezan a trabajar. Como director es elegido James McTeigue quien fuera primer asistente de dirección en las dos últimas partes de trilogía. Llegan los cambios en el guión, motivados por el acontecer político mundial. Léase este adjetivo bajo el supuesto que Estados Unidos es el mundo. Londres como ciudad permanece pero ahora el fantasma de Nueva York la habita.

Como siempre ha ocurrido con las adaptaciones de sus historias, Alan Moore se distancia y deja todo el crédito en manos de David Lloyd quien ve su nombre en letras grandes, blancas sobre un fondo negro lleno de imágenes rojas. La referencia cromática es evidente. Banderas, insignias, púlpitos y actitudes Nazis. Hasta el apellido del líder es cambiado de Susan a Sutler en una sutil referencia a Adolf. Durante gran parte de la película lo vemos como un gran rostro que habla desde una gran pantalla. El veterano actor John Hurt vocifera con rabia y gesticula al mejor estilo alemán. Su actuación aquí contrasta vívidamente con la pasividad de su Winston Smith en 1984. Entonces era el sometido, el encerrado en una sociedad que hubiera aprovechado a alguien como V. Ahora es el Gran Hermano. Gran cambio: los tiranos de hoy son los pisoteados de ayer.

Hurt no es el único nombre reconocible. La ronda empieza con el cráneo perfecto de la desaprovechada Natalie Portman, pasa por Stephen Rea como el Inspector en Jefe Finch, y termina con la voz de Hugo Weaving quien para bien o para mal será recordado por su “Hello, Mr. Anderson”. Actores famosos, una producción de mucho dinero, efectos sutiles —con la poco honrosa excepción de una secuencia de bullet-time convertido en knife-time—, buena fotografía, una gran dirección de arte, diálogos densos que son más placenteros de leer que de escuchar, y la herencia de un gran cómic hacen de esta una película entretenida con un mensaje emotivo sobre la libertad. Pero, si olvidamos a los creadores del cómic, a los productores, a los actores y a la inolvidable voz de Mr. Smith detrás de la máscara de Guy Fawkes, ¿qué nos queda?

Una historia sencilla donde flotan historias más pequeñas que están mejor contadas; un anarquista convertido en defensor de la libertad, cuyos medios dejan una molestia en el estómago; una mujer que se enamora de una idea; una banda sonora que incluye clásicos de Tchaikovsky y de los Stones; un gobierno que es el tuyo, el mío, el de todos; y un momento de epifanía policíaca desechado porque en ese mundo —en nuestro mundo— no hay lugar para el misticismo cotidiano. Donde tampoco parece haber lugar para la sonrisa fija de aquel que vive su vida de la forma que considera correcta y no abandona esa pulgada de integridad que es el tesoro más valioso y el refugio más seguro que tenemos como seres humanos.

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