Vivir en el carril izquierdo es emocionante y estresante. Lo sé porque vivo ahí. No hay un horario definido, no hay un trabajo fijo, no hay absoluta certeza de nada. Lo único que se siente es la necesidad de llegar allá.
Cuando parece que el pobre automóvil se quedará sin dar más porque la vía no permite acelerar, aparece ella. Amplia, de muchos carriles, llegando al horizonte que es el límite del ahora. Del más allá —mágico futuro— lo único cierto es que lo veremos en su momento. ¿Cuál carril izquierdo? Pura velocidad de carrito de feria.
Ahora hay horario definido —al menos en el papel— y trabajo fijo. La certeza absoluta, lo que se dice absoluta, sigue sin aparecer. Lo que surge de la nueva forma de correr es una certeza de la velocidad como tal, de que la meta termina por no importar porque la meta muta toda el tiempo. Correr en el camino para disfrutarlo al máximo, porque la carrera en la autopista ya no es cuestión de llegar primero sino de saber llegar.
Avanzando por aquí todo pasa tan rápido que se detiene. Los accidentes del presente se borran y permiten ver lo que hay detrás, el Caos que permanece, el punto de fuga, la montaña eterna y su adoratriz planicie. Todas las tareas, todos los trabajos, todos los horarios, todas las personas, todas las líneas, todos los carriles, todos los automóviles, todas las familias, todas las metáforas, todos los ríos, todos los amores, todos los odios, todos los acordes, todos los párrafos, todos los amigos, todos los hermanos, todas las figuras, todos confluyen en ese allá/acá que es regalo de la velocidad.
La carrera de la Reina Roja. Correr lo más rápido posible para quedarse en el mismo lugar. No es estancamiento, es vivir tan intensamente todo que se perciba todo el ahora. No hay pasado ni hay futuro, sólo ideas de ambos en el instante presente. La velocidad que da la intensidad de la vida trae paz y sosiego, paradójico asunto que fluye de la No Dualidad del Caos Generador.
Definitivamente, los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba.