Dos horas más tarde, la vitrina seguía intacta. Nuestros suspiros de resignación —sincronizados por la vergüenza compartida— no lograban empañar por completo el vidrio, así que los transeúntes podían contemplar el maravilloso espectáculo de dos hombres —uno gordo, el otro delgado— queriendo pasar inadvertidos en medio de un diorama de castigo. Visto desde afuera, el moscardón estaba a la derecha, casi sentado sobre una silla alta de caoba con forro de terciopelo negro. Digo casi, porque una cadena delgada amarrada a su cuello lo obligaba a inclinarse hacia la vitrina. A su derecha —izquierda para un observador— yo estaba de pie, piernas separadas, brazos en alto estirados a ambos lados, sostenidos por un par de gruesos brazaletes de plata que colgaban del techo gracias a cadenas del mismo material.
El moscardón se acomodó un poco para evitar la caída inminente. La cadena tiró de él y gimió. Por primera vez, me dirigió la palabra.
—¿Faltará mucho?
—Eso depende.
—¿De qué?
—Del ánimo de Augusta.
—Entiendo.
Aprovechando el deshielo me presenté. El moscardón dudó un momento antes de contestar.
—Llámeme Ismael.
Yo sonreí pero el pareció no entender la gracia de sus palabras.
—Es usted amigo de la dueña.
No era una pregunta así que no contesté.
—¿Qué tan bien la conoce?
Dudé en responder. Después dije:
—Tan bien como se puede conocer a una mujer.
—Es cierto —dijo mientras miraba al techo.
—Y usted Ismael, ¿qué hace acá?
—Esperar.
Entorné los ojos al contestar.
—Eso es obvio. Ambos estamos esperando.
Sus labios se abrieron en una risa lenta.
—No tiene usted idea de lo cierto que es eso. Pero no hablo de este —movió las manos en el aire— lugar. Me refiero a que estoy esperando a alguien.
—¿Aquí?
Olvidó su posición y asintió. Gimió. Hizo una mueca y murmuró:
—¿Dónde más?
Iba a pedir que se explicara pero sus ojos refulgían. Desde el fondo asomaba un trueno. No pregunté.
Con la charla terminada volví a sentir el dolor de mis muñecas. Los brazaletes ya habían marcado mi poca carne y tenía las manos lívidas. Para distraerme giré la cabeza hacia la calle. Un transeúnte se escurrió hacia la derecha, quedando oculto por la pared. Sentí que llevaba un tiempo allí.
—¿Vio eso?
Ismael no contestó. Miraba el mismo punto que yo. Murmuraba, pero yo no alcanzaba a entender. Repetí la pregunta. Tampoco respondió. De pronto, movió la cabeza a pesar de su cadena y empezó a vociferar.
—¡Perra vieja déjame salir!
Intenté calmarlo. La cadena se marcaba en su cuello, su voz empezó a fallar, el seguía empecinado en gritar. Cuando blanqueó sus ojos, Augusta entró, parándose en frente. Ismael se calmó. Ella asintió, caminó hasta él, quitó la cadena y lo ayudó a ponerse en pie. Luego lo acompañó afuera.
Dejó la puerta de la vitrina entreabierta y pude ver como entraban al cuarto de atrás. Allí lo desnudó. Augusta desapareció un momento en el fondo. Volvió con un pote de su ungüento preferido —crema de caléndula con extracto de jazmín— y con suavidad cubrió el cuerpo de Ismael. Al levantarse, fue conciente de mi mirada. Susurró algo. Fabi apareció, cerró la puerta después de entrar y se sentó en la silla del moscardón.
A través de su sonrisa perfecta me preguntó:
—¿Cómo estás?
Torcí la boca. Giré un poco las manos.
—Me duelen las muñecas. Ese ungüento les caería bien.
—No. Ese está reservado para las presas de mi mamá.
—¿Y para las tuyas?
Brillaron sus ojos al mirarme. Se demoró en hablar.
—Sus gustos y los míos son diferentes. El jazmín no me agrada. Prefiero la albahaca.
—Yo la prefiero en tus ojos.
Enarcó las cejas. Me vi reflejado en sus pupilas. No era yo. Eso me gustaba. Ella hizo una mueca para decir:
—Veo que la terapia hace maravillas.
—Tal vez sea la falta de oxígeno en la sangre —dije sonriendo.
—En ese caso el moscardón se habría vuelto un dios. Y aquí no hay dioses —se levantó y caminó hasta pararse frente a mí —. Ni diosas.
Estaba muy cerca. Mi falta de ropa fue intranquilizadora. Mi falta de control, peor. Ella abrió mucho sus ojos, permitiendo que yo me viera en ellos. Otra vez era yo. No me gustaba. Pellizcó mi estómago.
—No te preocupes flaquito. Es la primera vez. Ya aprenderás.
Se puso en puntillas y zafó mis muñecas. Me sostuvo cuando mis piernas flaquearon. Fue un abrazo. Medio segundo después me empujó, diciendo:
—Mamá es la cariñosa. Anda, que te consienta ella.
Yo me reí.
—Gran consuelo tu madre. He visto hienas más cariñosas.
—No te burles de mamá.
—Es un chiste.
Me dio un golpecito en la mejilla. Se alejó, abrió la puerta y salió. La seguí hasta el baño. Hizo señas para que yo entrara. Después de hacerlo cerró la puerta y me dejó allí, solo. Sobre el inodoro estaba mi ropa, cuidadosamente doblada. No hacía falta, pensé, bastante arrugada estaba antes. Agarré todo y me lo tomé con calma. Tenía miedo de salir. Me senté después de ponerme la camiseta, las medias y los pantaloncillos. Enfrente veía la puerta. La luz que se filtraba por debajo era interrumpida por una sombra. Fabi esperaba. Nada que hacer. No podía quedarme ahí. Terminé de vestirme.
Volver a mis viejos jeans fue tranquilizador. Ver a Fabi sonriéndome en la puerta del baño fue esperanzador. Ver cómo un nuevo cliente entraba a la tienda sin hacer sonar la campana fue extraño. Era alto, mucho, dibujado en un solo trazo, el pelo castaño claro cayendo sobre sus hombros, los ojos verde mar hundidos en sus cuencas, un traje mal cosido de paño negro, camisa blanca y corbata roja a medio anudar. Usaba tenis, rojos y escandalosos. Fabi giró siguiendo mi mirada, contempló al recién llegado y volvió a mirarme con la cabeza gacha.
—¿Qué pasa?— pregunté preocupado.
Dejó de sonreír, hermosa y exaltada, con los ojos echando chispas. Después susurró:
—Papá.