Se acabaron los días de horarios enrevesados. Ahora, desde las siete de la mañana estoy sentado en mi nuevo puesto de trabajo, cortesía KeyVolution3. Es amplio, curvo y cómodo. Tengo vista a las palmas de la Avenida 4N, las Tres Cruces y mi viejo colegio San Luis. Los clientes quedan cerca —menos de medio tabaco de distancia— y los almuerzos no han sido malos. Lo mejor de la zona ha sido un filete de pechuga a la plancha con salsa blanca. Muy bueno. Lo mejor de los almuerzos fue una pita con carne molida y especias (muchas!) cuando nos dimos el gustico en la Librería Nacional de Chipichape. Excelente.
La salida también —se supone— está bien definida. Cinco de la tarde para evitar los trancones del MIO. Tiempo para hacer vueltas, dar vueltas o llegar a casita a descansar. Un par de horas al menos, porque después hay que recuperar el tiempo usado en organizar el nuevo espacio. A ver cuando nos alcanzamos en esta carrera contra nosotros mismos. Se duerme poco y se disfruta mucho. Las ojeras ya se notan, pero la sonrisa de zoquete no me la quita nadie.
Es que hay motivos de los buenos. Viejos amigos, nuevos amigos; sueños cumplidos y por cumplir; peticiones dadas tanto tontas como no; horizontes; pisos que se mueven en la oficina, en Palmetto, en mi casa, en todas partes; la familia esta que me tocó en suerte —de la muy buena— y a la que quiero tanto; la bendita/maldita música y los libros que nunca acabaré de leer.
Estoy de estrene. De oficina, coyunturalmente. De vida, como todos los días.