Llevaba un buen tiempo en el mismo lugar cuando oí la voz de la propietaria, Augusta —así, a secas— increpándome para que circulara. Aunque el tono no era cordial, sus ojos lo desmentían. A fuerza de visitar la tienda todos los días, estudiar los artículos exhibidos, preguntar por precios y usos, y al final no comprar nada, nos habíamos hecho amigos. Así que cambié mis visitas diarias de exploración por otras de conversación. Viniste a conversar no a ejercer de estatua, parecían decir sus ojos. Al menos en parte. Debajo se escondía algo que —para mí— sonaba a advertencia: cuidado con esa hija mía. Lo que a esas alturas no había decidido era si el aviso me prevenía contra la madre o contra Fabi.
Dejando mi sitio privilegiado en la estantería que contenía las mascaras de cuero, reforzadas todas con alma de alambre y fondo de satén negro, caminé los escasos dos metros que me separaban del mostrador principal. Allí estaban los artículos de mayor demanda: látigos cortos con punteras de plomo, collarines de perro con su respectiva correa, coloridos potes de metal que contenían ungüentos de diversos usos, paletas de madera parecidas a raquetas de tenis de mesa y una colección de naipes que mostraban diversas —y según Augusta— muy divertidas poses. Además, servían para echar suertes.
—Si sigues así, no podrás leer tu futuro allí —me dijo Augusta, viendo mi mirada sobre la baraja—. Mucho menos, vivirlo aquí.
— ¿Seguir cómo? — pregunté distraído.
—No te hagas el tonto. Te conozco hace mucho y sé qué clase de cosas rondan por esa cabeza.
Me pasé la mano por el cráneo. Liso, recién afeitado, resultado de una apuesta que perdí contra ella.
—Así pelada se transparentan mejor tus pensamientos —dijo entre carcajadas.
Elegí no hacer caso. Giré un poco para observar el lugar donde Fabi acomodaba unos vibradores inmensos en el anaquel del fondo. Casi tan alta como yo, mucho más blanca, pelo negro hasta la nuca, cintura delgada de la que bajaban sus caderas anchas y subía el estómago que terminaba en esos senos hermosos, ojos del color de la albahaca recién cortada y piel suave con un olor aún más delicioso, ella era la imagen viva de lo que yo consideraba belleza. Debió sentirse observada porque torció la cabeza hacía mí. Lanzó su saludo habitual: una sonrisa amplia y cariñosa. Le respondí con la media sonrisa que reservaba para ella. No por enigmático, ni por recorrido en el mundo, ni mucho menos por seductor. Media sonrisa de puro obnubilado.
Sentí a Augusta apoyarse en el mostrador, detrás de mí. Fabi volvió a su labor y yo a la mía. Conversar con su madre.
—Es hermosa la hija mía. ¿No te parece?
—Algo.
—Tienes razón. Podría ser mejor.
No supe qué decir. Mi desazón tuvo que ser notable porque Augusta estalló en carcajadas. Otra vez. Como era costumbre durante nuestras charlas.
—Avívate. Me refiero a su facha.
Ahora supe de qué hablaba. Entre Fabi y Augusta siempre había una discusión constante sobre el tipo de vestimenta que debía llevar cada una dentro de la tienda. Mientras Augusta sostenía que una túnica negra ceñida por un cinturón de cuero con hebilla gruesa de plata era lo mejor, Fabi decía que perpetuar el negro en su negocio era mala cosa y que había que sacar los trapos al sol. Lo expresaba en su indumentaria usando blusas de colores fuertes, muy cortas, jeans desteñidos con corte a la cadera y zapatos deportivos. Lo mejor, para mí, era el ombligo que desafiaba al mundo y a su madre desde esa zona entre la blusa y el pantalón.
—Pienso que su facha está bien.
—Cuando se trata de Fabi, tú no piensas.
Me quedé callado. En parte porque tenía razón, en parte porque era una conversación que no deseaba tener. Por muy amiga mía, Augusta seguía siendo madre de Fabi y eso vetaba ciertos temas. Mientras andaba cavilando cómo retomar el control de la charla, la campana de la puerta me rescató.
—Seguimos luego que entró un moscardón.
Sonreí. Yo había sido uno de ellos hacía tiempo. Augusta llamaba así a esos clientes que no están seguros de lo que quieren, dan vueltas, tocan todo y no compran nada. Mierda de negocio el que toca un moscardón, decía. Porque negocio, lo que se dice tal, no había.
Fabi seguía acomodando vibradores y para evitar ciertos pensamientos, me fijé en el recién llegado. Traje de paño liviano, gris oscuro con rayas verticales blancas, muy separadas, solapa angosta, camisa blanca de algodón de cuello alto, zapatos negros muy lustrados. Se habría visto muy clásico y muy sobrio de no mediar la corbata roja con caritas felices de un amarillo chillón. La había escogido por alguna razón que no tenía que ver con la moda y yo decidí que era porque cada circulito amarillo se parecía a su cara redonda, cobriza, que rebosaba el cuello de la camisa, donde unos ojos pequeños y negros cabalgaban sobre una gran sonrisa de labios apretados. De nariz, el más leve trazo.
No lo había visto nunca en la tienda. Augusta confirmó mis pensamientos cuando empezó a darle su charla de iniciación.
—Sea usted bienvenido a La Casa del Buen Tormento, donde encontrará todo lo necesario para obtener aquel placer dulcísimo que se destila sólo del dolor más refinado.
El hombre estaba nervioso por aquella retahíla que salía de la boca de Augusta, quien por añadidura tomaba su brazo guiándolo a través de los anaqueles. Cuando pasaron a su lado, Fabi alzó la mirada un momento y meneó la cabeza. Pobre moscardón, parecía decir, haber caído donde la viuda negra. Luego me vio observándola y sonrió con complicidad. Estando la madre entretenida con su nueva presa, era una buena oportunidad para hablar con Fabi.
Me apoyé en la pared, al lado del anaquel. La cercanía de los vibradores a mi cara me incomodaba un poco, pero me parecía precio barato por estar cerca de ella. A punto de abrir mi boca, me soltó ella una pregunta.
—¿Cómo es que tú, moscardón que eras, no terminaste en esa red?
—Aunque es hermosa, ella no es mi tipo.
—Caramba. ¿Y cuál es su tipo, señor exigente?
—Otro.
—No sueltas prenda. Ni con mamá. Hablan y hablan pero al final, tú no dices nada. Me intriga saber que pasa dentro de ti —dijo con una de sus sonrisas y yo sentí que ganaba terreno—, aunque tal vez tu silencio se deba a que no tienes nada que decir.
Había terminado su labor así que se alejó en busca de nuevas tareas. Su madre no lo reconocía pero Fabi era maestra en eso del placer y del dolor. No necesitaba artilugios. Se tenía ella misma. Como es natural, la seguí.
—No es eso, Fabi.
—Entonces qué —lo dijo así, sin preguntar.
—Que nunca sé si será lo correcto —contesté tras una pausa.
—Mucha inseguridad. Habrá que corregirla.
De haber estado en otro sitio y con otra persona, me habría molestado su comentario. Pero allí, con Fabi, mientras cambiaba de sitio unas fustas, que movió amenazadora y divertida mientras me lo decía, no tuve más remedio que responder el envite.
—¿Cuándo y dónde?
—Eso se resuelve fácil.
Sonrió, plena y divertida, con los ojos echando chispas. Después gritó:
—¡Mamá!