Hay una imagen que me persigue desde hace años. La llamo Retorno del Exilado. Toma muchas formas, dependiendo del lugar de origen, del medio de transporte y del destino. La más común, hasta ahora, es la siguiente:
Un aeropuerto en el extranjero. Sala de espera medio vacía. Estoy sentado, leyendo un libro viejo, con un pie sobre una maleta de cuero ajado. Veo correr gente de un lado a otro. Estoy tranquilo. Nada me perturba. Suena mi llamado. Abordo el avión y me duermo. Después de varias horas, el avión empieza la aproximación final. Gira hacia la derecha y desde la ventanilla veo las luces de Cali. La paz se mancha con tinta. Intranquilo, pienso en los años que llevo fuera, en la gente que deje. Nervioso, pienso en la sorpresa.
Por norma, la imaginación me falla aquí. Algunas veces puedo crear cada reencuentro con toda la carga de dolor y alegría. Por norma, no soy capaz. Me abruma la nostalgia del futuro: no importa lo que haga hoy, no tengo certeza sobre mañana.
Después de tantos años con el Retorno del Exilado rondando, su irrupción en mis procesos mentales no es tan terrible como al principio. Incluso, he logrado discernir el significado de los símbolos más importantes. El extranjero representa el futuro, ese lugar desconocido pero extrañamente familiar; Cali (o el hogar de turno) toma el lugar del presente que se supone familiar pero es aterradoramente desconocido; el viaje de vuelta es la proyección de los sueños y metas en el presente; los reencuentro con la gente, con mi gente, son las acciones que deben ser tomadas ahora para lograr algo después. Como todo lo que hay que hacer ahora, requiere de valor. Como todo lo que hay que hacer ahora, su resultado está indefinido.
Cada persona que vuelvo a ver puede reaccionar con alegría, rabia, dolor o indiferencia. Aunque los conocí hace años y podía predecir lo que harían, ahora hay años de distancia que nublan mi juicio. Lo que sabía de ellos me guía un poco, pero no es suficiente. El presente, entonces, está lleno de la incertidumbre que fluye del futuro. ¿Cómo avanzar entonces? A contracorriente, llenándose de presente, sabiendo que el futuro ya está aquí y se prefigura ahora. Lo demás no importa. La nostalgia del futuro aparece cuando se mira río arriba. La nostalgia del futuro desaparece cuando se mira el río. No hay certeza del futuro, pero si del presente, no porque el presente esté mejor definido sino porque el presente es. Lo experimentamos de primera mano. Está aquí y soy yo.
Darío preguntaba qué es la verdad y Meza le corregía preguntando cómo reconocerla. Pienso que antes de saber cómo y qué es, hay que saber dónde está. Por eso este desvarío sobre el presente. Porque creo que la verdad está siempre en el mismo sitio: ahora. No mañana ni ayer. La verdad es ahora. Sabiendo eso, la nostalgia del futuro se desvanece porque lo único cierto es este momento. Lo demás no es.