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La bolsa muerta

By adapar on August 11, 2005

Publicado originalmente en la Edición 19 de la revista El Clavo.

La miseria ayuda a poner las cosas en perspectiva, especialmente si es ajena. Esa distancia entre el pobre y el no tan pobre permite mantener la tranquilidad (del no tan pobre, claro) en tiempos y situaciones difíciles. De vez en cuando, sin embargo, las circunstancias se encargan de acortar esa distancia, sumándonos a todos en un frenesí de igualdad que pocos resisten. La masacre de las bolsas, ocurrida hace unos meses, es fiel ejemplo de esto.
La primera bolsa muerta pasó desapercibida. En la investigación posterior se descubrió que el hecho había ocurrido unas dos semanas antes de la segunda, y más famosa, bolsa muerta. El contexto era el mismo: una calle principal de la ciudad en la madrugada y un carro que tiene que desviarse por la aparición repentina de la bolsa que, en ese momento, el conductor presume viva. Al pasar de largo, éste nota la flacidez y las rasgaduras. Acongojado, piensa que ha visto una bolsa muerta. Después, sigue de largo.

Dos bolsas después, los medios se habían interesado en el caso. Primero el canal regional hizo un breve reporte sobre el método usado para asesinar a las inocentes bolsas. Durante los días siguientes, apareció la biografía de las tres bolsas asesinadas en circunstancias misteriosas. Eran bolsas de familia, tranquilas, buenas vecinas, calladas y confiables. A veces se encargaban de los víveres, a veces del aseo del hogar. Nunca, eso sí, de la basura.

En este punto se supo que había habido una bolsa muerta antes que las demás. También se supo que se habían encontrado tres bolsas más en un mismo lugar. Esta vez habían sido encontradas a plena luz del día. Las autoridades sospecharon que no se trataba del asesino serial de bolsas, porque las bolsas no eran de familia sino bolsas para guardar documentos o dinero. La conclusión del momento fue que se trataba de un intento de distracción por parte de la guerrilla para frenar la investigación sobre el pago de extorsiones. Los noticieros apenas le dedicaron unos segundos al hecho. Para ellos, las víctimas del asesino habían ascendido a siete.

Hubo un período de calma tras el cual se encontraron nueve bolsas en diferentes ciudades del país. La teoría sobre el asesino serial se vino abajo porque los tiempos de muerte la contradecían. Los noticieros nacionales se hicieron cargo. Se consultaron expertos en bolsas, ciencias forenses, economía familiar, psicología y astrología. Las opiniones fueron trasmitidas en siete programas de una hora dedicados al análisis profundo de la situación. No hubo conclusiones pero sí mucha diversión. Mientras tanto, el número de muertes aumentaba.

Cuando la cuenta alcanzó las trescientas bolsas en el lapso de tres meses, la indignación popular no se hizo esperar. Protestas pacíficas y no tan pacíficas recorrieron las calles de las principales ciudades. Grupos internacionales enviaron comunicados de prensa en los que deploraban la situación de las bolsas en nuestro país. Se organizaron foros porque, para sorpresa de todos, no había claridad sobre los derechos de las bolsas.

El problema creció de tal forma que el mismísimo Presidente se refirió al tema diciendo que “las pobres bolsitas no van a quedar impunes… Yo mismo me comprometo a perseguir a esos terroristas de pacotilla y sacarlos de los montes, o de donde se escondan, y llevarlos ante la justicia”. Las muertes de bolsas aumentaron dramáticamente después, y a la semana siguiente cambió el tono de su mensaje diciendo que “los terroristas serán perseguidos a menos que quieran dialogar con nosotros…”, en cuyo caso “hablaremos de tú a tú y resolveremos el problema como hombres sensatos”.

El Presidente había hablado. La sociedad podía descansar porque se haría justicia. Los circos de poder fijaron su mirada inteligente en problemas más nuevos, misteriosos, preocupantes y cautivadores para los consumidores de noticias. Mientras tanto, todos seguimos asesinando bolsas impunemente y recordando el tiempo en que fuimos Patria y nos indignamos sinceramente juntos. Qué más se puede pedir.

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