Ugo Lerd, oscuro erudito del siglo XVI era, entre otras cosas, un excelente cartógrafo. Desde sus primeros trabajos como aprendiz en el Gimnasio Vosgo, donde trabajó bajo la sombra de Martin Waldseemüller (famoso por nombrar América en honor a su supuesto descubridor) se destacó por la facilidad de contener en su cabeza los mapas que su maestro le pedía copiar. Se cuenta que una vez, cansado de copiar y no crear, Ugo se dirigió a Waldseemüller y le pidió una oportunidad con estas palabras: “la Naturaleza no copia a Dios, ella recrea su mente y, en su recreación, crea nuestro entorno; respetado Maestro permita que yo haga lo mismo”. Waldseemüller fue convencido por el argumento de Ugo y le encargó los mapas de la nueva edición de su Cosmographiae Introductio. Feliz, el aprendiz de cartógrafo se dio a la tarea e impresionó gratamente a su maestro quien dijo que Ugo tenía el espíritu de Leonardo.
Este primer trabajo fue truncado con la muerte de Waldseemüller en 1522. Solamente con sus veinte años a cuestas, pues su maestro había sido también su benefactor, Ugo partió rumbo a Italia con el propósito de aprender sobre pintura y escultura. De estos años de su vida se conoce poco y volvemos a tener noticia de él en 1545 cuando decide viajar a América y ver el continente que su viejo maestro había terminado bautizando. Se embarca en España y al cabo de dos meses llega a las Antillas. Allí permanece por seis meses, durante los cuales recorre las islas, conversa con los colonos y con los indígenas, mide distancias, y crea los mapas más detallados de la zona hasta la época. Desafortunadamente, lo sabemos por referencias puesto que los mapas se perdieron durante el traslado de Ugo a Tierra Firme, suceso que aconteció a principios de 1546.
De América obtuvo algo que no podía haber obtenido de Europa y fue reconocimiento. A los tres años de su llegada, después de haber recorrido gran parte de las colonias de Tierra Firme, Ugo había creado mapas que fueron considerados definitivos por sus habitantes. En boca de españoles, criollos, indígenas y hasta negros, el nombre de Ugo Lerd era sinónimo de confiabilidad y belleza. Fue en ese momento, en la cúspide de su fama como cartógrafo que Ugo acometió su proyecto más ambicioso. Ante todos, declaró que su propósito era acercarse al Cartógrafo Divino que con un trazo mueve montañas y encauza ríos, para que su arte humano e imperfecto fuera una plegaria constante a su Gloria. Todos le creyeron.
Se estableció en la joven Cartagena de Indias. Construyó una casa pequeña y la llenó de libros. Allí empezó a estudiar Teología, Filosofía, Historia Religiosa y se adentro en los misterios de la Santa Iglesia. Sus días transcurrían en una pequeña celda y en sus noches escapaba disfrazado y recorría las calles de la ciudad. Buscaba problemas y los encontraba. De vez en cuando salía de la ciudad y viajaba de incógnito, estudiando el alma humana en todo su esplendor. La gente pronto se olvidó de su cartógrafo y Ugo desapareció de los registros durante veinticinco años. Las únicas noticias que se tienen de él en este periodo de su vida están contenidas en dos fragmentos de cartas dirigidas a amigos. La primera, fechada en 1551, tenía como destinataria el sacerdote italiano Ludovico Della Vittoria, quien vivía sus últimos días en una pequeña villa de la Toscana. Solamente podemos pensar que el pobre nonagenario se escandalizó ante estas palabras de su viejo amigo:
“Es así que la mente de Dios no es más que un reflejo de la mente humana y que la mente humana no es más que un reflejo de la mente de Dios. Este pensamiento circular esconde el misterio de la divinidad residente en el alma de cada hombre y su entendimiento garantizará que el mapa que me propongo construir sea fiel tanto al Hombre como a Dios…
…si se piensa que la Naturaleza recrea la mente de Dios y en su hacer crea el entorno del Hombre, entonces es válido pensar que el Hombre que recrea la mente de Dios en su hacer creará la Naturaleza. Esta reciprocidad es obvia si se observa el equilibrio armónico de la Obra Divina…”
El segundo fragmento pertenece a la carta que Ugo envío al Rey de España en 1573. Su intención era ofrecer la obra como regalo al monarca y así obtener beneficios que le permitieran terminarla. Después de los acostumbrados párrafos de adulación hacia el destinatario, Ugo ofrece la siguiente explicación:
“…como dueño de los destinos de miles de hombres, más que su condición natural es su deber ser mejor que ellos. Para lograr esto, ofrezco mi humilde estudio sobre la mente de Dios. Es un mapa que permite navegar por los misteriosos ríos de Su pensamiento e interpretar Sus designios sobre los hombres. También es un mapa de la mente del Hombre, reflexión y fuente de la mente de Dios, donde Su Excelencia podrá entender los motivos del Bien y del Mal. Entiendo y acepto que mis palabras tienen el tinte pecaminoso del orgullo, pero usted entenderá, posterior a la interpretación de los mapas, que es la simple verdad…”
Nadie sabe si la carta y el manuscrito que acompañaba llegaron a manos del Rey. Ugo no recibió respuesta y en 1574 puso fin a su encierro. Anunció su viaje a España donde solicitaría audiencia privada con el monarca. Fue arrestado por la Inquisición y encarcelado. El cargo era herejía. No se le sometió a juicio y fue torturado por un año y siete meses. Durante ese mismo tiempo, agentes de la Inquisición recorrieron América y Europa destruyendo todas las copias de las obras de Ugo y esparciendo la noticia de su herejía. El nombre del cartógrafo, rescatado del olvido, volvió a él manchado de infamia.
Ugo Lerd no terminó sus días en la prisión gracias a Ludovico Della Vittoria quien, próximo a su muerte, escribió una carta solicitando compasión con Ugo. Fue escuchado y al atardecer del 27 de enero de 1576 el cartógrafo de la mente de Dios fue colgado de la rama de un olivo. Según el registro de sus verdugos su cuello se quebró de inmediato. Su objeto de estudio fue misericordioso y no sufrió.