Soy Integrador

Esa es mi labor en la vida. Lo descubrí hace unas semanas, aunque lo intuía desde hace mucho tiempo. Podría decir que es una labor ingrata eso de ver patrones dentro de patrones dentro de patrones, de mirar las cosas desde lejos y percibir el bosque a costa de los árboles. Ustedes pueden pensar que soy poco humilde. Con franqueza les digo: en este momento lo soy. Tengo mis razones. Sobre ellas sólo les contaré que hay momentos en que la inseguridad puede confundirse con la humildad y contaminarla. Para deshacerse de una hay que, al menos temporalmente, bajarle el tono a la otra. En esas estoy.

¿Cómo descubrí (o acepté, que viene siendo lo mismo) que soy un integrador? La chispa ocurrió hace un par de semanas viendo el Ballet Juvenil Chino de Sichuan. Hicieron una presentación gratuita en el Teatro al Aire Libre Los Cristales y fui a verlos. Los colores, los sonidos, los movimientos, la textura de todo el cuento me pareció espectacular y estaba metido en eso cuando me di cuenta que los vestidos que estaban usando en cierto momento parecían los vestidos que se usan en las danzas del Pacífico. Falda larga de colores fuertes, blusa blanca holgada y un tocado en la cabeza. Los detalles eran completamente diferentes pero la estructura de la imagen, la impresión general que producían era de parentesco. No fue la primera vez que observo ese tipo de coincidencias pero si fue la primera vez en que sentí de verdad que había algo por debajo. O por encima.

Pensé entonces en las coincidencias de estructura que produce la evolución convergente: a problemas similares, soluciones similares. Un tiburón tiene aletas al igual que un delfín, pero entre ellos no hay parentesco. Los ancestros del delfín tenían patas, pero al volver al agua se enfrentaron con los mismos problemas de hidrodinámica que han enfrentado los tiburones desde siempre. La solución fue la misma, cuerpos alargados, esbeltos y que cortan el agua; aletas grandes y fuertes que propulsan y dirigen.

Algo similar ocurre con la indumentaria que usan los seres humanos. La gente que vive en zonas costeras, húmedas y calientes tiende a vestirse de la misma forma, a construir su vivienda de la misma forma porque el entorno es similar. Hay patrones que son inmutables y que solamente se diferencian en sus instancias particulares. Siguiendo por este camino, vemos que esos mismos patrones son a su vez instancias de otros patrones. Todas las casas tienen entrada, salida y agujeros de ventilación. Todas comparten la misma estructura básica. Algunas optan por tener todos en el mismo orificio, otras tienen muchos de cada tipo. La forma cambia, el fondo se mantiene.

Igual los seres vivos. Todos los vertebrados tienen la misma estructura básica. Todos invertebrados también. Desde más lejos, todos los animales tienen la misma estructura segmentada con extensiones, recuerdo de un antepasado común. Desde otra perspectiva, lo único vivo que existe son células que interactúan unas con otras. Algunas de forma estrecha, otras de forma desacoplada. Al nivel de la célula, solo hay células. Al nivel del átomo, solo hay átomos. Así no hay diferencia entre mi mano y las teclas que estoy presionando mientras escribo esto, o los fotones que golpean su retina y su retina mientras lo lee.

La mejor analogía de esto que he visto es la del mar. La superficie es batida por el viento y produce olas, grandes y pequeñas, de innumerables formas, coronadas o no con espuma. El viento es la fuerza motriz de la diferencia que toma la misma materia base, el agua, y la moldea sin cambiarla pero diferenciándola. Si profundizamos un poco, todo el tumulto de la superficie se acaba y solo queda el mar, vasto, oscuro, único. Igual ocurre con todo. Somos olas en la superficie de la materia base del Universo, el fondo es el mismo siempre. Todos somos lo mismo siempre.

Fue aquí donde me encontré de nuevo con una palabra que había elegido no usar porque ha sido manchada, mal usada, desvirtuada y contaminada por siglos y siglos de razón sin corazón. Cuando busqué una forma de nombrar el mar que somos todos, el mar que nos forma y nos sostiene, barajé muchas posibilidades: Universo, el Uno, el Todo, la Unidad, el Espíritu, la Base. Así volví a Dios como palabra, como concepto y como realidad palpable y viviente.

Al final, no importa como se nombre ni como se sienta. Creo que lo único importante es recordar y sentir siempre que está ahí, que somos eso y que estamos compartiendo siempre la realidad del presente de una manera mucho más profunda y duradera de la que estamos habituados a percibir. Esta perspectiva es tan dolorosa como placentera porque a medida que crece la sensación, crece la identificación con los demás y con lo demás. El dolor del otro es mío, de una forma que es más real que la abstracción con la que juegan los medios. De igual forma mi placer y mi alegría son tan míos como de los demás.

La paradoja aparente, pero lógica, es que esta conexión con todo hace que lo que soy como individuo sea más valioso. Así como una ola es única e irrepetible porque las condiciones que la produjeron lo son por la naturaleza caótica de la interacción entre el viento y la superficie del mar, así yo mismo soy único e irrepetible y por lo tanto valioso. Lo que yo le aporto a la belleza del todo no se lo aporta nadie más. Lo que cada uno de ustedes le aporta a la belleza del todo no se lo aporta nadie más. Estamos creando una obra de arte y cada uno es una pincelada maestra que es necesaria, hermosa y completa en sí misma.

Sé que la historia encerrada en mis palabras ha sido contada muchas veces de diferentes formas. Yo mismo la he leído, la he escuchado y he intentado comprenderla muchas veces. Estoy seguro que la han reconocido. Lo único nuevo que puedo aportar es que para mí ya no es letra muerta, que ese domingo al aire libre, viendo los cuerpos girar y los colores volar, la sentí cierta y me sentí cierto.

Entonces, supe qué tenía que hacer.

  • tita
    Andrés:
    Creo que me voy aficionando a esta página... eso lo sabremos con el tiempo.

    Si... así es. en esencia todo es siempre lo mismo. Por fortuna existen las fachadas.

    Y mi fachada es absolutamente mia y solamente mia a Dios gracias.
    Como la tuya y como la de todos los "cada uno".

    Por esa razón debe de ser una fachada especialmente amada y admirada, aunque la esencia siempre sea la misma.
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