Noción en guerra

Millones de gramos de tristeza van y vienen, llevados en el seno de alados mensajeros. Miles de muertos reposando bajo la tierra empapada de lágrimas, haciendo concursos de quién tuvo la muerte más violenta, la más rápida, la más cruel o la más absurda. Cientos de secuestrados disfrutando de los hermosos paisajes andinos. Decenas de prohombres luchando cada uno por su propio país, el mejor de todos. Al final, una sola nación.

La misma nación en la que decenas de hombres sencillos trabajan por el mismo país, cientos de genios pintan nuestras almas con pinceles de luz, miles de plantas esperan ser descubiertas y usadas para salvar vidas, millones de gracias van y vienen, llevadas en el seno de una relación justa entre iguales. Al principio, una sola nación.

En el medio, la misma guerra.

La moneda tiene dos caras nos dice el cliché. Aburrida moneda, digo yo, que solo puede ser completamente buena o completamente mala. Nosotros somos más interesantes por complejos. Un poco de bondad aquí, un poco de crueldad allá, la justicia como aderezo y un toque de amabilidad. También podría ser mucha maldad, tintura de bondad y grandes dosis de indecisión. Complicados, somos recetas únicas de ingredientes volátiles. Entre todos ellos, el más peligroso y difícil de manejar se llama libertad. La misma que provoca terror en las almas débiles. La misma que nos hace responsables por lo que somos y lo que hacemos.

Ser libres es lo más complejo a lo que nos enfrentamos. Aceptar que mis acciones tienen consecuencias no es más que el primer paso para aceptar que soy responsable por ellas. Idealmente, todos aceptaríamos nuestra parte en lo que pasa y aceptaríamos que otros tienen sus partes también. De igual forma, aceptaríamos que cada parte es diferente, más pequeña o más grande, pero igual de importante. Idealmente. Aquí, abajo en la tierra, más que una nación en guerra, somos una noción en guerra.

La libertad está en guerra con la cobardía nacida de la ignorancia. Desde jóvenes la forma del discurso nos dice que somos responsables de nuestros actos, pero el fondo nos enseña a escondidas que podemos hacernos los locos, meter la libertad bajo la alfombra y pasar la vida apuntando el dedo a los verdaderos culpables. Nunca nos enseñaron a ser libres y ahora pagamos las consecuencias. Queremos resolver los problemas del mundo sin resolver los nuestros primero. Cómo lo haremos, me pregunto. Si bien es posible que por pura suerte lo hagamos, no contemos con ello. Mejor aprender a ser libres.

Es peligroso, aterroriza, genera incertidumbre, no conocemos el resultado, no sabemos que pasará. Precisamente por eso, es nuestra única oportunidad. Los otros caminos ya los hemos recorrido y sabemos donde terminan. La sangre, el dolor, las lágrimas. Siempre. No garantizo que en el camino que propongo no vayan a existir, solo digo que al menos existe la posibilidad de cambiar su sentido y su contexto. No es la misma sangre la que fluye de un balazo, que la sangre que fluye cuando me corto por accidente.

Otra vez, somos una noción en guerra. La noción de la libertad que está en guerra con todos y cada uno de nosotros. Nuestras batallas en esa guerra son individuales, sin aliados, sin tregua. La libertad nos ataca desde todos los flancos, mientras que nosotros nos fortificamos contra ella. Esta guerra está rugiendo a nuestro alrededor y en nuestro interior. De su resultado depende nuestro futuro.

Es una guerra que no podemos darnos el lujo de ganar.