Dicen que la sociedad moderna con sus herramientas, adelantos tecnológicos y tiempos frenéticos impide que las personas se comuniquen, las aísla y las aliena. Toman como ejemplo los famosos tiempos pasados que fueron mejores—en esa época las familias eran unidas, los matrimonios duraban, la gente era amable y cortés, había respeto por las instituciones, y Dios estaba presente. Aparentemente, tienen razón. La sociedad moderna parece haber roto con la unidad familiar, acabó con los matrimonios, volvió violenta y brusca a la gente, nadie respeta nada, y Dios está muerto. Pueden tener razón en los efectos, no creo que la tengan en las causas.
Imaginen una granja del siglo pasado. Padre se encarga de la cosecha, Madre de las labores domésticas, Hijo de alimentar los animales. Hijo sabe que cuando crezca, deberá aprender el arte de la cosecha para que cuando Padre muera, él se encargue de todo. Padre y Madre saben que deben conseguir una buena esposa para Hijo de tal forma que pueda convertirse en Padre y tener un Hijo que continúe el ciclo. Madre sabe que debe obedecer a Padre y Padre sabe que Dios le otorga el poder en su hogar. Lo que ellos no saben—por ignorancia u omisión—es que Madre podría dedicarse a la pintura, que Hijo podría ir a la ciudad a aprender otros oficios, que Padre no tiene la verdad absoluta. Padre, Madre e Hijo no hablan, no se conectan, porque todo está dicho y hecho. Ellos tampoco saben que Dios nos creó inteligentes y diferentes por varias razones, entre las cuales no está ser estáticos y aburridos.
Ahora imaginen un apartamento de este siglo. Padre trabaja desde su casa como contador y en sus ratos libres se dedica a la carpintería, Madre es abogada y le gusta la cocina exótica, Hijo estudia Artes Plásticas y es experto en sistemas. Padre sabe poco de Madre, Madre sabe poco de Hijo e Hijo sabe poco de Padre. Cada uno vive su vida a su ritmo, en su espacio y cuida celosamente sus cosas. Padre no permite que Hijo toque sus herramientas, Madre se disgusta cuando su esfuerzo en la cocina no es bien recibido, Hijo detesta que le hagan preguntas técnicas. Lo que ellos no saben—por ignorancia u omisión—es que Madre es un ser humano, que Padre es un ser humano, que Hijo es un ser humano. Padre, Madre e Hijo no se hablan, no se conectan porque todo no hay razón para decir o hacer. Ellos tampoco saben que Dios nos creó inteligentes y diferentes por varias razones, entre las cuales no está ser veleidosos y egoístas.
¿Dónde está Dios? Pues Dios está en los detalles. Tanto en la granja como en el apartamento hay tres caras de Dios, seis en total. Por cada granja y apartamento hay otro tanto. Somos seres humanos. Somos diferentes. Somos únicos. Somos todo eso desde tiempos inmemoriales. Desde entonces también nos aislamos por ser únicos. No construimos puentes entre nosotros. Antes y ahora buscamos la forma para no hacerlo. En la granja son la tradición y el estancamiento. En el apartamento son el respeto al individuo y el exceso de movimiento. A la larga, excusas para no hablar entre nosotros, para no conectar un ser humano con otro ser humano.
Somos inteligentes y diferentes. Es una buena combinación. Si fuéramos inteligentes e iguales, no podríamos enfrentar cambios como sociedad, nos estancaríamos, y poco a poco la Naturaleza nos sacaría del juego. Si fuéramos diferentes pero no inteligentes, no veríamos más allá de las cosas, seríamos animales. Somos una sociedad de seres inteligentes y diferentes, lo que la hace capaz de ver más allá pero también más acá, ver las cosas desde muchos ángulos, responder a los cambios, crecer como grupo y como individuo. Lo hemos hecho relativamente bien, lo cual es un tributo a la magia de la combinación. Pero, la verdad, podríamos hacerlo mejor.
Dicen que la sociedad moderna es la culpable y que todo tiempo pasado fue mejor. No es cierto. El problema está en nosotros. Siempre lo ha estado. Tal vez lo que ocurre es que nuestras herramientas, nuestros adelantos tecnológicos y nuestro ritmo frenético resaltan el problema. Ahora, que tenemos la capacidad de conectarnos con gente al otro lado del mundo, nos damos cuenta que nunca lo hemos hecho con el que está aquí mismo. El desafío es aprovechar la lección que nos da la tecnología y llevarla a la esfera de lo humano. Es decir, a la esfera de lo divino, porque cada ser humano es Dios, y Dios es un ser humano. En este mundo son más de seis mil millones de seres humanos. Pocos son capaces de hablar cara a cara. Pocos son capaces de ser el otro. Busquemos la forma. Nos conviene.