En su lucha por el derecho a la libre expresión, las personas tienden a olvidar que este derecho no garantiza el ser escuchado. Un corolario es que las personas pueden oír lo que quieran, pero eso no obliga a los demás a decir lo que otros quieren escuchar. ¿A usted no le gustan las groserías en las películas? La solución parece sencilla: no las vea.
Tomar la decisión de no ver esas películas es sencillo. Las personas que prefieren el cine libre de sexo, violencia y malas palabras pueden hacerlo. Me sorprende, entonces, encontrarme con la siguiente noticia: una cadena de videos en Estados Unidos está ofreciendo versiones recortadas de películas ya terminadas. Para crear estas versiones han eliminado las escenas ofensivas. ¿Se imaginan el atropello contra la obra de los directores, actores, productores y escritores? ¿Dónde quedarían clásicos como El Padrino? ¿Qué pasaría con El Abogado del Diablo? Incluso una película como El Rey León terminaría por verse afectada. Claro, ¿por qué debemos ver escenas de traiciones familiares? Horror.
Supongo que la cruzada por el cine limpio se extenderá al arte limpio. Cubramos la Venus de Botticelli, hagamos trizas el David de Miguel Ángel, todo en pos de no lastimar la sensibilidad del mundo. Yo me pregunto, ¿cuál sensibilidad? Miedo, me parece, miedo a que el arte creado como reflejo del mundo termine por romper las cajitas de cristal donde han empezado a vivir muchos.
Claro que estoy hablando de algo que sucede en otro país y en otra cultura. Eso no nos afecta, nosotros somos más duros, más tenaces, más curtidos por todo. A nosotros no nos molesta la sangre porque la vemos todos los días. A nosotros no nos molestan las groserías porque somos groseros. A nosotros no nos molesta el sexo porque está en todas partes. ¿Qué relación tiene con nosotros lo que crean esos gringos miedosos? Mucha, la verdad. Sencillamente somos dos caras de la misma moneda. Ellos van al extremo de igualarse a punta de suavidad y sensibilidad, nosotros a punta de violencia y brutalidad.
Al final ambas serán sociedades banales: una dulce y mansa, la otra violenta y salvaje, pero ambas superficiales. Las personas y cosas que no estén dentro del marco establecido, no serán dignas de estar en cada sociedad. A veces creo ver claramente los primeros signos en nuestro medio. Día a día, más personas hablan en forma violenta. Día a día, más personas cierran su mente a tres o cuatro temas básicos, a tres o cuatro actitudes violentas frente al mundo. Los que no se mueven de acuerdo a esas normas tácitas, no son bien recibidos. La mayoría crece y se cierra sobre si misma, se esconde.
Las palabras son poderosas. Pueden liberarnos al crear una imagen del mundo que sea amplia y expansiva, pero también pueden encerrarnos en prisiones agradables que nos dan las cosas que queremos al mismo tiempo que nos educan para querer lo que ellas nos quieren dar. El problema es que las palabras sólo son herramientas. Alguien tiene que usarlas. Alguien las está usando. Ojo.