La discusión había empezado. Ambos bandos esgrimían argumentos válidos, bien estructurados, incluso hermosos. La lógica de cada uno era impecable. Durante horas hablaron, se exaltaron, sufrieron, lloraron y gritaron. Durante horas sus palabras eran llevadas por micrófonos hacia los espectadores que estaban más lejos. Al final, no hubo avance hacia una solución, no hubo entendimiento de los términos más básicos. Ambos bandos se marcharon derrotados.
Una persona se quedó en medio del campo de batalla, de pie, con la cabeza inclinada hacia un lado, escuchando. Los fantasmas de argumentos idos llegaban a sus oídos atentos. Sonrió. Las ideas de los dos bandos estaban claras en su mente. Ambos luchaban por lo mismo, con palabras diferentes. Nunca se tomaron la molestia de sentar una base común. La persona salió a la calle, compró un periódico, leyó las noticias. Eran claras. Cualquiera que las leyera podría entender, al menos, la superficie. Las palabras eran las mismas que usaban todos. Escritas igual. Había consenso en ellas. Eran reales.
Los que no se preocupan por la ortografía y el buen uso de las palabras no se dan cuenta de lo grave de su falta. Somos parte de una sociedad y para funcionar en ella debemos tener una base común sobre la cual establecer nuestra comunicación. Gestos y palabras. Ambos están vivos pero los primeros son libres, caóticos y más personales, mientras que las segundas no. Las palabras, para cumplir su propósito, deben ser reconocidas como tales, las frases deben ser claras y limpias. La ortografía y la gramática nos proporcionan la base común mediante la cual la comunicación verbal se realiza plenamente. Las palabras nos ayudan a crear la realidad común.
Vuelvo al buen uso. No me refiero a nombrar las cosas mediante eufemismos para evitar herir susceptibilidades. Las cosas tienen un nombre, que es claro y conciso. Un ciego es un ciego, un sordo es sordo y un mudo es mudo. Las personas de color son negras. Las palabras por si mismas no hieren, no curan, simplemente señalan. Como nos enseña un viejo chiste, aquí lo que afecta es el tonito. La intención. Aquella persona que se vea afectada por una palabra sin contexto emocional, que busque en su alma, algo esconde.
¿Qué pasaría si cada uno usara las palabras como quisiera? Las realidades personales serían todavía más fuertes. Se impondrían sobre la realidad común, que hemos establecido por consenso. Ese árbol es verde porque todos queremos que sea verde. Pero si ese árbol es verde para mí, rojo para ti y azul para ellos, entonces tenemos un problema. Bastante grave, por cierto. No podríamos comunicarnos. La situación sería idéntica si todos estuviéramos mal de la cabeza y viéramos realidades diferentes. No habría comunicación.
Así que les pido un pequeño favor. Cada vez que cometan un error de ortografía o vean que alguien lo comete, cuando usen mal las palabras (no si el propósito es malo, eso es otro cuento), piensen que la realidad está siendo atacada. La realidad que todos hemos establecido como real, la realidad en la que podemos actuar como seres humanos sociales. Son ataques pequeños, es cierto, pero la entropía es así, se pega de cosas menudas. Nosotros estamos vivos, somos altamente organizados, somos una expresión de energía con propósito, somos antientrópicos. Expresemos esta condición en todo. Grande y pequeño. Arriba y abajo. Pilas.